LAS COSTURAS DEL ALMA 

Segundo premio en el XVII Certamen de Relato Breve y Poesía “Mujerarte” de la Delegación de la Mujer de Lucena (Córdoba), y publicado en la antología del los textos ganadores de dicho concurso, Lucena, Córdoba, España, 2010, p. 65-75.

 De todos es bien conocido el interés que nutre por la arqueología de su pueblo –una pasión que le inculcó su padre cuando ella era aún muy pequeña–. Por ello, y en reconocimiento al símbolo en el que se ha convertido y a su papel de embajadora de México en el mundo, el director del museo ha accedido a servirle de guía durante una visita muy especial. Podrá vagar por sus salas el día en que permanece cerrado al público, y admirar en soledad las raíces de su amada tierra.

–Es hermosísima –murmura impresionada.

–Sí, se podría decir así. Son figurillas de una gran fuerza expresiva –responde en tono profesional su ilustre guía.

–Me pregunto si… sería posible cogerla. Sostenerla en mis manos sólo algunos segundos.

–Bueno, en condiciones normales, evidentemente algo así sería impen-sable. Sin embargo esto no es una visita normal. Ni usted, un visitante cual-quiera. Creo que, en su caso, podremos hacer una excepción. Al fin y al cabo, la cultura de este país le debe mucho. Lo mínimo que podemos hacer para agradecérselo es concederle este pequeño capricho.

El hombre coge la pequeña figurilla de barro y se la ofrece con extrema delicadeza. Ella la recibe con manos temblorosas por la emoción. La observa con una mezcla de admiración y celos. Sus finos dedos recorren ávidos las formas redondeadas y generosas, acariciando la materia muerta con una sen-sualidad que al director no le pasa desapercibida.

–Qué extraño que una cosita tan pequeña esté llena de vida… a pesar de ser sólo un pedazo de arcilla.

–Encontrará otros ejemplos similares de Diosa-Madre en nuestro museo –dice el hombre con una cierta impaciencia, debida no sólo al deseo de volver 38

 a colocar la pieza sobre la peana en la que normalmente permanece expuesta, sino también a que la inusual situación empieza a resultarle violenta. A pesar de encontrarse en su museo, tiene la incómoda sensación de estar violando la intimidad de la pintora.

–Y no quiero perderme ni uno sólo de ellos –responde Frida, saliendo de su ensimismamiento y recuperando la jovialidad.

Al dejar de nuevo la figurita en manos de su custodio, la asalta la melan-colía. Cómo le habría gustado poder tener un cuerpo como aquel en lugar del suyo, tan escuálido y estéril.

Un poco más allá encuentra una curiosa pieza que aumenta su desazón: una diosa de arcilla en cuyo vientre hueco se desarrolla una compleja escena. Se dice que, en efecto, el Universo entero es sólo un pequeño feto dentro de un útero. Que el vientre femenino es el origen de todo, y que quizá sea también el fin. Ella, gran conocedora de la arqueología y el arte de su país, ha com-prendido mejor que nadie desde niña que la cultura mexicana consiste en un matrimonio indisoluble entre la vida y la muerte. Los dioses y diosas de rasgos sexuales bien marcados y los esqueletos que proliferan en las salas se lo con-firman. Sexo y muerte se funden.

Entonces llama su atención otra pequeña figurita. Es de nuevo una re-presentación femenina, pero es este caso sus formas nada tienen en común con las de las Venus esteatopigias. Se trata de una mujer esbelta, en cuyo cuerpo casi frágil resaltan los signos del embarazo. Su prominente abdomen tampoco es desproporcionado. Se trata de una madre cualquiera que aparen-temente se dispone a dar a luz en cuclillas. Frida cierra los ojos y casi cree po-der saborear los dolores del parto. Siente cómo su cuerpo se dilata, amena-zando con hacer estallar las costuras con las que un día la remendaron torpemente. Advierte cómo fluidos dolorosamente familiares se desparraman inútilmente. Nota con impotencia cómo un cuerpo muerto resbala entre sus delgadas piernas.

El frío metal traspasa su cuerpo desnudo, expuesto a las miradas curiosas. Los huesos se quiebran. Su clavícula se rompe. La presión sobre las costillas se vuelve insoportable. Desde el pie, el dolor se extiende como una descarga eléctri-39

 ca. El grito desgarrador casi resquebraja los cimientos del mundo. El Universo en-tero se para a escuchar su lamento: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

De la herida manan abundante sangre y agua. Pero no se trata del néctar sagrado que promete la redención, sino de la sangre de su virginidad rota y del líquido amniótico que ya jamás logrará retener en su interior. La suya es una Pasión estéril. Su cuerpo, violado por los hierros, se convierte en una fuente inagotable. Por eso decide no llorar jamás; ya no tiene más fluidos que derrochar. Verterá óleo en lugar de lágrimas y pinceladas en lugar de furia.

Crece ―o más bien envejece― en un instante. Se convierte en una an-ciana a pesar de sus dieciocho años. Como quien efectivamente pierde la ino-cencia, no obstante su extrema juventud, comprende de golpe con total brutali-dad el misterio de la vida. En una suerte de visión mística se le revela su destino: el sufrimiento.

No es una lanza lo que atraviesa su joven cuerpo, sino las barras de hie-rro de un tranvía, que la ensartan a la altura de la pelvis. Sin embargo, no es un simple vagón quien la viola. Profana su cuerpo la mismísima muerte, que a par-tir de entonces se convierte en su compañero perpetuo, un esposo que siembra en el pequeño vientre su imperecedera semilla. Y esa oscura presencia de huesos blancos como el vestido de una novia compartirá con ella su lecho, ofreciéndole una obstinada fidelidad con la que ninguno de sus amantes huma-nos podrá competir.

La muerte que anida en ella no permitirá jamás que la vida eche raíces en su interior. Su existencia se convertirá en la interminable gestación de un cadáver que no dejará espacio para ningún otro huésped en su vientre. Y sin embargo, siente tanta vida dentro… Una vida que nunca podrá germinar más que en sus cuadros. Ésos en los que de su corazón y sus entrañas brotan fron-dosas plantas que ni siquiera los yermos páramos en los que ella habita consi-guen secar. Pues su propio cuerpo, convertido en Madre Tierra, las alimenta y protege.

–Tendremos que provocarle un aborto. El feto nunca podría desarrollar-se en esa pelvis monstruosa.

–Lo suponía –responde lacónicamente su esposo. 40 

Había deseado tan intensamente ser madre, que por un momento había olvidado que ella no es más que una mujer rota cuyos pedazos otras manos cosieron un día con poca maestría, una muñeca con la que demasiados pre-tenden seguir experimentando.

Creyó que el deseo sería lo suficientemente fuerte como para proteger a su hijo de su propio cuerpo. Que su mente y su alma lograrían doblegar a ese triste pedazo de carne maltratada. Pero aunque su voluntad es proverbial, nada puede contra la venganza de la carne lacerada, que se resiste a traer nuevo dolor al mundo. Sus esperanzas terminan una y otra vez ahogadas en un char-co de sangre que avanza imparable sobre una nívea cama de hospital. Como siempre, se enfrenta sola a su fracaso. Tras el tercer aborto comprende defini-tivamente que jamás tendrá hijos. Sus únicos retoños serán sus cuadros. En ellos volcará su dolor como hiciese ya antes, cuando la vida empezó a castigar-la tan duramente.

Ella, paradigma de la creación, se ve relegada al papel de eterna novia, de malograda esposa y madre. El traje tradicional blanco con el que se retrata, tan similar a un vestido nupcial, se torna una especie de sudario, una mortaja que enmarca su rostro con encajes blancos convirtiéndola en una imagen sa-cra, una Virgen melancólica.

Como mucho habría podido aspirar a ser la madre de su esposo, que ni siquiera deseaba tener hijos. Pero hasta eso le había sido negado, pues él jamás llegó a comprenderla. Aunque se había convertido en el centro de su mundo, su único pensamiento, ese rostro omnipresente –un tercer ojo en su propia frente– no pasaba de ser un dios mediocre que no merecía su veneración. Él había acri-billado su alma de la misma forma que el uxoricida de su cuadro Unos cuantos piquetitos había acribillado el cuerpo de su esposa. No sólo la había engañado en múltiples ocasiones, sino que lo había hecho incluso con su hermana menor.

Mientras la Maternidad cierra sobre ella sus amorosos y fuertes brazos, Frida se convierte en una Piedad indígena que sostiene en su regazo un gro-tesco niño-Diego presuntamente divino. Nada más que un cuerpo fláccido e inerte: otro feto muerto, otro embarazo malogrado.

El dolor del alma se confunde con el dolor del cuerpo. Se retrata una y otra vez obstinadamente. Esa obsesión se convierte en una terapia gracias a la 41

 cual espera llegar a aceptarse un día. No le importa pintar su cuerpo deforme y torturado. No le importa mostrar al mundo las cicatrices que recorren su espal-da. Cómo podrían provocarle ellas más pudor que las de su alma, que ya ha desnudado ante todos.

No le importa porque, en realidad, ese cuerpo cosido con torpes punta-das no es ella, sino un fardo del que escapará un día la crisálida que habita encerrada dentro. Aunque para ello haya de esperar a su muerte. Es sólo un desagradable trámite al que se tiene que someter para que esa mujer fuerte y madura envuelta en un alegre vestido tradicional, esa otra Frida que observa su propio cadáver sobre una camilla –con el rostro piadosamente celado por una sábana, pero la espalda herida al descubierto–, la libere finalmente del corsé de acero.

A pesar de su amor por la vida, no lo teme. Espera impaciente su llega-da. Ha comprendido ya que una de las Fridas –ésa pública, la artista de éxito– sobrevivirá a su propia muerte. La otra, la Frida esposa, se desangrará sin oponer resistencia. Porque, en el año de su divorcio, le parece que ya no le queda nada por lo que seguir viviendo.

Es un tierno venadito asaeteado como un mártir de antaño. Un cuerpo en precario equilibrio sobre una columna jónica despedazada, salpicado de clavos que no dejan libre un centímetro de su piel. Es un Cristo que sufre las espinas y alrededor de cuyo delicado cuello se enredan zarzas secas para for-mar una macabra gargantilla de la que cuelga un colibrí con las alas desplega-das, un pájaro que nunca logrará alzar el vuelo.

Su columna, hecha pedazos, no está más rota que sus sueños. La mujer independiente y vital es prisionera de un corsé que en sus cuadros se convierte en una suerte de máquina de tortura medieval no muy diversa de la Virgen de Nuremberg.

Es un ser atormentado y dividido en dos: por una parte, su brillante mente y su alma indómita; por otra, su cuerpo, un lastre que ella trata de obviar en va-no. Es un pajarito salvaje que ansía volar, pero se ve obligado a vivir en una jau-la de hierros y suturas. Es esclava de una enfermedad que no la liberará jamás.

Es, en definitiva, una víctima cuyo sacrificio ha de servir para fortalecer a ese Sol azteca que tan a menudo pinta en sus cuadros, un dios que acepta 42 

alimentarse sólo de la sangre de las madres muertas durante el parto, de la de los guerreros caídos en batalla y de la de los prisioneros sacrificados en su altar. Ella, de alguna forma, representa una síntesis de esas tres naturale-zas, y ofrece con orgullo su fluido vital a ese astro que es la imagen del México que tanto ha amado. Ese astro que da vida, pero también carboniza a cuantos osan exponerse demasiado a sus rayos. Él, que es un ojo en el cielo que todo lo ve, habrá sido testigo también de su sufrimiento, y sabrá com-pensárselo un día.

En algún lugar, Frida, convertida en un nuevo Abraham18, sonríe mien-tras observa a sus innumerables hijos e hijas, niños y niñas de las más diver-sas edades que aprenden a pintar incluso antes que a escribir. La Escuela de Niños Pintores “Frida Kahlo” es el triunfo del espíritu sobre la carne, de la vo-luntad sobre el destino.

18 Literalmente “Padre de multitudes”.

A pesar de la crudeza de sus cuadros, aparentemente poco apropiados para el espectador infantil, los jóvenes estudiantes de la academia están anali-zando la obra de la pintora que da nombre a su escuela. Tras muchas leccio-nes teóricas, se disponen a plasmar en un cuadro su visión de la artista.

–Era hermosa, ¿verdad? –dice la pequeña.

–“Apa” ―confirma su hermano menor, que está dando sus primeros pa-sos como pintor. Aún camina a trompicones y tiene una lengua de trapo que usa muy poco, pues parece vivir una buena parte del tiempo retirado en su mundo interior, que a juzgar por su precoz brillantez como artista, debe de ser muy rico.

–Sí que lo era. Aunque no todos saben verlo. No era demasiado genero-sa consigo misma en sus autorretratos. Creo que ninguno le hizo justicia desde el punto de vista de la belleza exterior. Sospecho que fue una elección preme-ditada para que el observador se preocupase más por su mensaje, por su be-lleza interior, por su arrolladora personalidad y su infinito sufrimiento. Sin em-bargo, en algunas fotos de juventud, su hermosura queda fuera de dudas.

–¿Cree que a ella le habría gustado mi cuadro?

–Creo que le habría encantado –responde conmovido su profesor. 43 

Ante él, la mujer morena de rasgos exóticos se abre el pecho con ambas manos y empieza a despojarse de ese cuerpo inútil bajo el cual un inmenso colibrí espera impaciente el momento, ya próximo, de poder escapar volando hacia el cielo, llevando el corazón-hibisco púrpura de Frida en el pico