EL ÚLTIMO VIAJE 

25 Inédito. 

A los que ya no estáis y a los que aún recordáis.

El 24 de abril de 1948, una mujer desafiaba al tren. Erguida sobre las gélidas vías –pues era una fría madrugada–, esperaba la llegada de la enorme mole de hierro. Guardaba un inquietante parecido con Gary Cooper en “Solo ante el peligro”. El duelo era claramente desigual, y el impacto salvaje no hizo más que confirmarlo.

El 24 de abril de 1948, Felicita esperaba la llegada del mercancías que le ayudaría a cumplir su destino. Con la cabeza gacha, la barbilla apo-yada sobre el pecho y los ojos cerrados, respirando pesadamente por la na-riz, parecía invocar a la bestia de hierro con sus poderes. Aunque la oyó aproximarse, sus pies no se movieron ni un milímetro; no pensaba apartar-se. Alzó lentamente la cabeza y miró a la muerte. Extendió los brazos para recibirla como merecía, para acogerla con gratitud y afecto. No esperó el impacto con resignación sino con alivio. Su mano derecha jugueteaba in-conscientemente con una ramita de lavanda que, de no haber sido tan pe-queña que apenas se apreciaba entre sus largos dedos, la habría hecho pa-recer una insólita paloma de la paz. Solo que no era paz lo que ella ansiaba, sino un punto y final. Aunque, en su caso, quizá ambas cosas estuviesen indisolublemente unidas.

El animal mecánico no tuvo siquiera tiempo de intentar disuadir a su víctima. Lanzó un único silbido desesperado que se disolvió en la densa niebla de la madrugada. Por supuesto, la advertencia no dio frutos. Ella sabía bien lo que buscaba, y finalmente lo encontró. Se marchó serena, sonriendo al pensar en el revuelo que iba a provocar.

–¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! –repetía el maquinista. El hombre, de ro-dillas sobre la hierba húmeda, se balanceaba mecánicamente adelante y atrás.

–Tú no has podido hacer nada por evitarlo –le consolaba el jefe de tren. 81 

–No se la veía. Con la niebla no se veía nada –sollozaba–. Me he dado cuenta de que había una persona sólo cuando ya estábamos encima y ella ha abierto los brazos –añade mientras cruza los suyos con fuerza en un vano in-tento por poner freno a los temblores incontrolables que le sacuden todo el cuerpo.

–No te tortures. Nadie se queda en medio de las vías del tren sin un mo-tivo. Nos tuvo que oír llegar… A menos que fuese sorda. Pero aún así habría notado la vibración. Esto no puede haber sido casual.

–Me miraba con unos ojos enormes. Me miraba a . Y… sonreía.

Afortunadamente se trataba de un mercancías, de modo que sólo el ma-quinista y el jefe de tren tuvieron que pasar por el duro trance de comprobar si aún se podía hacer algo por la desconocida.

Las tenacillas de remover las ascuas rebotan contra las baldosas del pasillo.

–¡Un día me los vas a desgraciar! Y entonces, ¿te vas a poner a escar-dar tú las fincas? –grita su marido–. Si hace años que ni siquiera te encargas de la casa. Son las chicas las que hacen todo.

–Sí, claro que lo hacen todo. Todo fatal. Son unas torpes. No dan una a derechas. Y cuando se equivocan, alguien tiene que castigarlas, ¿no?

–Eres una mala bestia.

–A nadie le viene mal una zurra de vez en cuando para aprender las lec-ciones. Se te graban en la cabeza mucho mejor que si te las explicasen sólo con palabras. A mí, mi madre me pegaba de vez en cuando con la zapatilla. Y mira, aquí estoy. No me he muerto.

–Nos ha fastidiado. Mi padre también me pegaba a mí con el cinto. Pero una cosa es la zapatilla o el cinto y otra muy distinta que les tires lo que tengas más a mano. Es que te da igual las tenacillas de la lumbre que un plato que unas tijeras. Esto no puede ser.

Dio por zanjada la conversación y se dirigió hacia las escaleras. Optaba por retirarse a su guarida, como hacía siempre que alguien la contrariaba. El desván era su reino, un mundo perfecto hecho de silencio y oscuridad. Allí sus frecuentes dolores de cabeza se aliviaban. Quizá por el influjo de los reconfor-82

 tantes olores familiares que la devolvían a la infancia. El insólito paisaje de es-talactitas multicolores le regalaba un espejismo en el que ella se zambullía con avidez. Las ristras de higos, peros y pimientos ensartados la devolvían mági-camente a la seguridad de la casa de su padre. Los manojos de espliego, ro-mero, tomillo y orégano hacían que le pareciese estar aún en el regazo de su madre, apretando su pequeña cara contra el enorme pecho tibio y blando que siempre olía a hierbas.

–¿Qué haces, Felicita? –le había preguntado un día su madre al encon-trarla con la cabeza dentro de un cajón y la cara hundida entre sus mandiles, aspirando sonoramente, casi con desesperación.

–Me estoy llenando de tu aroma para que no se me vaya nunca –respondió la pequeña, que tenía los ojos llenos de lágrimas y no sabía muy bien por qué.

Su madre la cogió de la mano y, con esfuerzo, consiguió apartarla de la alacena y arrancarle el delantal que aún aferraba obstinadamente.

–Anda, ven aquí –le dijo mientras se sentaba en las escaleras que con-ducían al desván.

En esa posición podía mirar sin dificultad a los ojos de su hija. Y lo hacía con insistencia, como si buscase algo determinado allí dentro. Algo que temía infinitamente encontrar.

–Tú ves muchas cosas, ¿verdad, hija? –le preguntó, intentando ocultar su congoja tras una sonrisa forzada, mientras le limpiaba delicadamente las lágrimas con las yemas de los dedos–. Sabes muchas cosas, ¿verdad, cariño? –añadió sin esperar una respuesta, como si hubiese leído ya en los ojos de la pequeña cuanto quería saber.

La niña agachó tímidamente la cabeza.

–¿Sabes qué? –dijo fingiendo entusiasmo su madre, a pesar del terrible cansancio que cada día le pesaba más–. Creo que ya eres suficientemente mayor para acompañarme al desván. Quizá haya llegado el momento de que aprendas ciertas cosas.

–¿De verdad? ¿De verdad que puedo, mamá? ¿Y me enseñarás a distinguir las hierbas y cómo conservar sus propiedades? ¿Y a hacer cata-plasmas e infusiones? ¿Y…? –preguntaba la pequeña dejándose llevar por el entusiasmo. 83

 –Sí –interrumpió dulcemente su madre–. Aprenderás eso y muchas más cosas. Te enseñaré… mientras tenga tiempo.

Con ella aprendió el uso de las hierbas. Aprendió a fabricar alcohol y aceite de romero para aliviar los dolores musculares y los calambres que sus hermanos padecían al volver de los campos. Aprendió a preparar infusiones de tomillo para paliar los síntomas de los resfriados en invierno. Aprendió a com-batir los problemas digestivos con el orégano. Y sobre todo, aprendió a apre-ciar las propiedades relajantes de la lavanda. Aprendió todo eso y mucho más aún.

Su madre sabía muchísimas cosas que la mayor parte de las personas no saben. Sin embargo eso no la salvó de la muerte. La abandonó demasiado pronto. No tuvieron apenas tiempo para disfrutar juntas del mágico mundo del desván.

No mucho después de que ella muriese, su padre decidió casarse de nuevo. Y lo hizo con una mujer mucho más joven que él. La casa se convirtió en una prisión, un calabozo de tortura. Ya no disfrutaba con sus visitas al desván. La mayor parte del tiempo que pasaba allí se limitaba a permanecer sentada sobre el polvoriento suelo o a mecerse hecha un ovillo, abrazándose las rodillas como si fuese una niña pequeña, a pesar de que se podía conside-rar ya una adolescente. De vez en cuando hundía el rostro entre las matas de hierbas secas que colgaban de las vigas, medio olvidadas por todos desde que su madre muriese. Pasaba horas buscándola en esos pobres rastrojos. De su olor no quedaba otro rastro en la casa, pues lo primero que hizo la otra al usur-par su puesto fue tirar la ropa de la difunta que no le interesó –incluidos los mandiles– y quedarse con toda la que le convino, mancillándola con su sucio olor. Hundía la cara entre las hierbas, sin que le importasen los arañazos en las mejillas y los párpados, y lloraba. Lloraba de tristeza, pero también de odio y resentimiento. Y la parte de esa hiel que no logró salir a través de sus ojos, se fue sedimentando en su alma, creando un cenagal del que nadie conseguiría rescatarla jamás.

Todos intentaban escapar de aquella casa, que nunca volvería a ser su-ya, con ahínco. Cada cual lo hacía a su modo y sin contar con el resto –como sucedía entonces en muchas familias, no había demasiada comunicación. El 84 

resquemor y las envidias florecían entre los hermanos con tanto vigor como la mala hierba–, pero todos soñaban con un único objetivo: la fuga. Priscila lo al-canzó marchándose a servir a Argentina, donde al cabo de unos años desapa-reció misteriosamente sin dejar rastro. Abilio, colgándose de un árbol mucho después de que hubiese terminado la Guerra Civil, cuando finalmente le deja-ron salir de la cárcel. Marcial, aferrándose al falangismo y pasando noches en vela apostado en la oscuridad para asegurarse que nadie le diese el “paseíllo” a ningún miembro de la familia. Otro hermano del que ni siquiera se recuerda el nombre, entrando en el seminario cuando aún era un crío…

Ella tuvo un golpe de suerte; su oportunidad se presentó bastante pronto. Cuando aquel hombre que no le interesaba lo más mínimo le propuso matrimo-nio, no se lo pensó dos veces. Era la ocasión para alejarse de los reproches in-justificados y las palizas propinadas con saña. Y no pensaba dejarla escapar.

Su padre aceptó encantado la unión, y la víbora de su madrastra tam-bién. A él le entusiasmaba la idea de que un hombre con tantas tierras pasa-se a formar parte de su familia. Y ella parecía haber calculado cuidadosamen-te que si bien perdía a una de sus esclavas, avanzaba un paso más en su propósito de conseguir que sus propios hijos fuesen los únicos que compar-tiesen la casa familiar con ella y con el calzonazos con el que había contraído matrimonio.

La despidieron en la puerta. Su estúpido padre, ufano ante las miradas envidiosas de las vecinas y un poco emocionado. Ella, con una sonrisa triun-fante que nada tenía que ver con sus falsas y zalameras palabras.

De casa de su padre se llevó sólo una pequeña maleta de cartón con sus escasas pertenencias. No había trabajado fuera del hogar como sus her-manos, de modo que nunca había podido concederse caprichos y tampoco tenía ahorros. Sin embargo en su equipaje había guardado algunas cosas de valor que ni su padre ni el basilisco de su mujer echarían en falta: unas ramas de hierbas secas –para no olvidar nunca a su madre–, unas tijeras medio oxi-dadas y un viejo cedazo con el bastidor lleno de muescas.

El crujido en los escalones de madera la alerta de que alguien está su-biendo al desván. Por un momento teme que pueda ser su marido. Aunque le 85 

parece extraño, pues rara vez visita esa zona de la casa. Permanece inmóvil, sin respirar siquiera. Hasta que una fugaz sonrisa en su rostro generalmente adusto confirma que el presunto peligro ha pasado. Su fino oído ha advertido la ligereza de los pasos. No puede tratarse de su marido. Ni siquiera, de uno de sus hijos. Tiene que ser una de las chicas. Seguramente la mayor, la única que está en casa en esos momentos.

Observa con el rabillo del ojo cómo la puerta del desván se entorna, pero finge no haber advertido ningún movimiento y sigue con los preparativos como si tal cosa. Se sienta en un taburete bajo de los que mujeres y niños suelen usar para escachapar26 el maíz al calor del hogar y, con la mano derecha, coge del suelo las oxidadas tijeras que un día fueron de su madre. Acto seguido to-ma en su mano izquierda el cedazo y, sujetándolo con firmeza, le asesta un certero golpe con las tijeras abiertas. La punta de las mismas queda firmemen-te clavada en el bastidor.

26 En algunos dialectos extremeños “aplastar, desgranar”.

La violencia del gesto hace que la pequeña dé un respingo. Echaría a correr escaleras abajo, pues sabe bien que la ira de su madre puede llegar a ser muy peligrosa; pero teme ser descubierta si se mueve. Además, su es-panto es tal que las piernas no le responden. Está paralizada, como hechizada.

Su madre sostiene las viejas tijeras perpendiculares al suelo, mientras de ellas cuelga el apero. Entonces, ante la atónita mirada de la pequeña, el cedazo empieza a girar sin que ella lo toque siquiera. Gira sin cesar aunque lentamente, como si se estuviese desperezando tras un prolongado sueño. Contra toda lógica, sigue sin descolgarse de las tijeras, a pesar de su monóto-no movimiento. Una vez que éste aumenta de velocidad –señal de que el ce-dazo está definitivamente preparado para afrontar su tarea–, su madre comien-za el interrogatorio.

–Tú que lo sabes todo y todo lo ves, dime: ¿Es verdad que la jarra que se ha roto hoy la ha tirado un gato que se ha colado en el zaguán?

La pequeña, alarmada, empieza a respirar entrecortadamente. Nota cómo le tiemblan las rodillas sin que pueda hacer nada por evitarlo. Sus palmas sudadas se apoyan en el marco de la puerta, dejando un cerco húmedo en la madera. 86 

–Ah, ¿no? –dice su madre como si estuviese conversando con un invisi-ble interlocutor de cuya presencia la niña ya no duda en absoluto.

–Y entonces, ¿quién ha sido?

Ni siquiera se percata de que no respira. Sus pequeños pulmones retie-nen el aire durante un lapso de tiempo imposible.

–Ya me lo imaginaba –añade con una inquietante mueca que pretende ser una sonrisa.

Comprende que sus secretos no están a salvo, que efectivamente resul-ta imposible esconderle nada a su madre.

–Y respecto a las vueltas que mis hijas me traen de la compra…

El cedazo aumenta ligeramente su velocidad cada vez que ella le propo-ne una pregunta, como si se esforzase por ofrecer una respuesta suficiente-mente ponderada. Y así sigue haciendo preguntas irrelevantes con el único fin de aterrorizar a su hija y de recordarle que jamás logrará escapar a su control. Pero cuando ya se ha cansado de esa diversión, cuando atormentarla empieza a volverse monótono, termina la farsa dirigida a su improvisado público y co-mienza el verdadero interrogatorio.

–¿Tendré más hijos?

Por la cara desencajada, se diría que el utensilio se ha decidido a reve-larle el nacimiento de un par de mellizos.

–¿Cuántos de mis hijos llegarán a hacerse mayores?

Es de suponer que entonces el cedazo le permitiese ver la tumba de esos pequeños, nacidos muertos y enterrados en la finca de la sierra en la que la familia vivía por aquel entonces, sin una triste lápida que permitiese recordar-los después.

Las preguntas se van haciendo más macabras a medida que su madre se olvida de que ella la observa y las ansias de conocer su futuro abaten los límites que normalmente impone la prudencia. El frenesí parece transmitirse del cedazo, cuyo furioso girar llena el desván con un estridente silbido, a su madre. El grado de exaltación de ésta ha ido aumentando con cada nueva pregunta, hasta convertirla en ese temible ser al que sus hijos conocen tan bien. Ése en cuya mirada febril no se advierte ni rastro de afecto o compasión. Ése que tam-poco conoce el arrepentimiento. 87 

–¿Cuándo? –pregunta lacónicamente, como si el interlocutor conociese ya la pregunta de antemano. Como si la hubiese formulado muchas veces an-tes sin obtener respuesta. Como si todas las preguntas precedentes careciesen de interés y en realidad hubiesen sido hechas únicamente para ganarse la con-fianza de su inusual informador, para cogerle después desprevenido.

El cedazo, a pesar de la gran velocidad que ha alcanzado ya, se para en seco. Lo que resulta aún más espeluznante que verlo girar espontáneamente.

–¿Cuándo? –insiste dando muestras de impaciencia.

El utensilio vibra casi imperceptiblemente. Se estremece como si estu-viese haciendo un descomunal esfuerzo para no lanzarse de nuevo a una ca-rrera que, con toda seguridad, concedería una respuesta a quien supiese inter-pretarla.

–¿Cuándo he de morir? Te ordeno que me lo digas, maldito harnero, si no quieres que te convierta en astillas y te mande de vuelta al infierno del que saliste –grita histérica–. Acabarás en el fuego de la cocina si no lo haces –amenaza con una voz suave que amedrenta infinitamente más que sus gritos–. ¡Habla!

Finalmente, el pobre cedazo empieza a girar de nuevo sumisamente.

–Mucho mejor así –dice con una calma desconcertante que contrasta con la expresión tensa de su rostro.

Aún cincuenta años después, la gente seguía hablando de aquel suici-dio. Nadie se explicaba las razones. Nadie podía comprender que una mujer casada, con hijos y sin problemas económicos decidiese acabar con su vida de aquella forma. Los menos considerados, entre los cuales se encontraban sus propios hijos, zanjaron el asunto atribuyendo su decisión a la locura. Nun-ca más volvieron a hablar de aquel incidente –o al menos no lo hicieron abier-tamente–; pero en realidad les atormentaba, y la culpa les ha perseguido du-rante toda la vida. Algunas conversaciones susurradas en el pasado, ante criaturas supuestamente demasiado pequeñas para entender lo que se dis-cutía, demuestran que cada uno de ellos buscó durante muchos años –como en realidad hacía todo el pueblo– la causa de aquella muerte. Y en privado se obstinaron en encontrarla entre las paredes del que fue hogar familiar. Aun-88

 que en público siguieron defendiendo que estaba únicamente dentro de su propia cabeza.

Una vez al año, cada uno de ellos daba una pequeña cantidad de dinero a uno de sus hermanos sin que mediasen las palabras. Aquel fondo se em-pleaba en comprar flores para una tumba que ni siquiera sus hijos visitaban. Tal era el secretismo que existía al respecto que ni siquiera mi madre sabía dónde estaba enterrada su abuela, a la que nunca llegó a conocer, pues murió cuando ella tenía solo dieciocho días. Indagando, descubrimos que tampoco mi abuela sabía dónde estaba enterrada su madre. Yo misma me propuse buscar-la cuando era aún una niña. Hasta que finalmente conseguimos sonsacar su paradero a un miembro de la familia. Para entonces ya descansaba en el ce-menterio junto a su esposo, fallecido de muerte natural muchos años después.

Tras veintidós años de soledad, durante los cuales permaneció enterra-da fuera del cementerio del pueblo como correspondía a los suicidas, en una tumba sin ninguna marca que revelase su presencia, a la muerte de su marido en 1970 se decidió aprovechar la ocasión para trasladar sus restos mortales. La Iglesia la perdonaba finalmente y daba por concluido su destierro y por ex-piada su culpa. Sin embargo para sus hijos seguía condenada al ostracismo. Ellos no podían perdonar.

Han pasado ya muchos años de aquello, y los que quedan pierden la cabeza cada día que pasa un poco más. Algunos deliran de vez en cuando y regresan a la infancia, al tiempo que pasaron en casa de sus padres. En sus desvaríos hablan de muchas de las duras tareas que se vieron obligados a rea-lizar desde niños: de cómo lavaban en el río incluso en pleno invierno, de cómo arrancaban los hierbajos de las huertas de su padre con las manos desnudas… Sin embargo jamás mencionan a su madre. Era tal el temor que albergaban hacia ella que sus mentes la relegaron a un pozo profundo. Lo suficientemente hondo como para que el recuerdo no consiguiese trepar por sus paredes ni si-quiera una vez que la senilidad e incluso la demencia se hubiesen apoderado de ellos.

El cadáver que quedó tendido a algunos metros de la vía del tren la ma-ñana del 24 de abril de 1948 era el de mi bisabuela materna. El cuerpo sujetaba 89 

una ramita de lavanda en su mano derecha. La planta estaba tan decrépita que su color ya no se asemejaba ni lejanamente al verde original. Era de un cenicien-to triste que la hacía parecer cubierta de un polvo añejo. Donde un tiempo estu-vieron sus flores otrora violetas, había ahora unas espigas de un horrible color negruzco. Para cuando quisieron proceder al levantamiento del cadáver, su ma-no aferraba tan firmemente aquella pobre reliquia, uno de los pocos recuerdos que le quedaban de su madre, que a punto estuvieron de enterrarla con ella.

Quizá no eligió la lavanda de forma casual. Al fin y al cabo, cualquier otra hierba habría podido evocar a su difunta madre. Quizá aquel modesto ra-millete fuese un hermético mensaje, una petición desesperada de ayuda o el testamento de un alma atormentada y no simplemente de una mente enferma. Aquella era la planta a la que más había recurrido durante su infancia. A ella había revelado su secreto mejor guardado y en ella había confiado más que en cualquier otra. Ese olor había impregnado su vida desde que tenía uso de razón, desde que empezase a sufrir los fuertes dolores de cabeza que habían de acompañarla hasta el final.

La recordaba flotando sobre la superficie del agua en la tina durante aquellos baños de agua caliente que le preparaba su madre, cuando se veía inmersa en una densa niebla en la que se fundían indisolublemente el vapor y el aroma de la planta. Recordaba los delicados masajes en las sienes que ella le aplicaba con su aceite cuando las crisis empeoraban. Recordaba cómo su olor alejaba las pesadillas por la noche. Cómo su pequeña mano buscaba bajo la almohada los saquitos en los que su madre introducía ramitas frescas. Re-cordaba la seguridad que le proporcionaba sentirlos crujir entre sus dedos, sa-biendo que aquel talismán la protegería siempre de la amenaza.

Quizá con la lavanda estuviese ofreciendo las claves de su decisión, aunque nadie las supo interpretar.

En aquellos años, el suicidio se convirtió en una vergüenza, un estigma que señaló a cada miembro de la familia. Se pudo sobrellevar sólo gracias a que la buena posición del viudo hizo que las malas lenguas se abstuviesen de recordar en público el incidente. Pero lo cierto es que marcó al pueblo hasta tal punto que más de cuarenta años después me tocó oírlo, siendo yo aún niña, de los labios de un cabrero, un desconocido encontrado por casualidad en una 90

 fuente local. En las pequeñas poblaciones la gente tiende a ser más sociable y abierta, y quienes cuidan de sus rebaños o trabajan sus tierras no dudan en entablar conversación con los excursionistas que suben al monte. Evidente-mente, la delicadeza me impidió revelarle mi identidad. Habría servido sólo pa-ra hacerle pasar un mal rato. Aunque probablemente no habría creído posible una casualidad tan desconcertante.

Quienes quedaron conmocionados por el incidente son cada día más viejos. Muchos de ellos no recuerdan ya los nombres de sus hijos. Para mí también han pasado los años. Yo misma me siento cada día más vieja. Y el tiempo corre tan deprisa que dentro de poco nadie se preguntará por qué Feli-cita se tiró al tren una fría mañana de abril. Por eso he querido dejar constancia de esta historia. Para que mientras alguien pueda leerla, mi bisabuela no mue-ra del todo. Igual que mientras ella siguió oliendo las hierbas de su madre, ésta vivió en su memoria.

Ni siquiera es importante si mereció o no esta suerte de homenaje. Quie-ro pensar que el tiempo, aunque no las cure, alivia todas las heridas. Necesito creer que un día no muy lejano conseguiremos recordar nuestro pasado sin rencor.

A pesar de su nombre, era una mujer solitaria y triste. Permanecía sen-tada en la cocina y apenas hablaba con nadie que no fuese el cedazo de su madre. Era tal la indiferencia que sentía hacia sus semejantes, que no salía de casa ni siquiera para asistir a misa, lo que en aquellos años resultaba bastante extraño. Sólo salió una vez, la madrugada del 24 de abril de 1948. Y ya no vol-vió jamás. Tampoco en aquella ocasión buscaba la compañía de los vivos, por los que no parecía nutrir el menor afecto ni interés. Corrió definitivamente en busca de ese otro mundo que desde siempre parecía haber sido su verdadero hogar.

Hace muchos años, el tren se llevó a mi bisabuela. Quizá en pago por esa deuda, el mismo tren ofreció a cambio a mi abuelo, un joven y apuesto in-terventor que entró a formar parte de aquella extraña familia. Él creyó que se casaba con mi abuela. Pero si uno observa detenidamente el retrato que les hicieron después de la boda, percibe tras esa joven adusta de mirada ausente 91

 una sombra: el fantasma de su madre, que siempre controlaría su vida. El creyó que se casaba con una mujer, pero en realidad estaba desposando a aquella niña que espiaba aterrorizada cuanto acontecía en el desván. Un desván que ha marcado la vida de muchas personas. Porque la sombra de mi bisabuela aún se cierne sobre todos nosotros.