EL NIDO VACÍO 

20 Publicado en la antología de textos finalistas del certamen de relato corto "Las redes de la memoria 2008" de la Asociación Globalkultura Elkartea., “Las redes de la memoria-2008-Oroimenaren sareak”, VV. AA. Globalkultura Elkar-tea, A Fortiori Editorial, 2009, pp. 125-134.

Camina lentamente con la vieja fotografía en blanco y negro en la mano. Escruta cada rincón intentando reconocer alguno de los detalles que la cámara inmortalizó tantas décadas atrás. Pero sus esfuerzos resultan vanos; ya nada es como era. Todo parece más nuevo y lleno de colores. Quizá también más alegre, a pesar de todo. Tras mucho buscar el soberbio palomar en piedra que su imaginación infantil convirtió antaño en un castillo, se da por vencido y se sienta en un banco frente a un grupo de palomas que picotean por el suelo. Sólo ellas parecen no haber cambiado. En la vida real siguen teniendo el mis-mo color ceniciento de la foto.

Las grandes aves plúmbeas vuelan sorprendentemente ligeras sobre nuestras cabezas.

–¡Mira, mamá, mira! –exclamo al tiempo que señalo hacia el cielo.

Pero mi madre no parece compartir mi entusiasmo. Tira de mí aún con más impaciencia. Ése es uno de los pocos recuerdos que conservo de ella. El paso de los años ha terminado por borrar su rostro. Y sin embargo recuerdo su mano firme apretando la mía hasta hacerme daño, llevándome casi a rastras por una carretera plagada de mujeres y niños de todas las edades.

Vuelan como bandadas de palomas ruidosas pero disciplinadas. Cuando abren sus panzas, dejan caer sobre nosotros relucientes huevos preñados de muerte. Siembran el desconcierto y el terror.

Volvíamos a Bilbao tras haber ido en busca de mi padre, siguiendo las pocas pistas que quedaban de él. Pero no regresamos a nuestra casa, sino que proseguimos hacia Santurce. Recuerdo los aviones pasando sobre nues-tras cabezas, las explosiones, la gente corriendo campo a través, huyendo despavorida de la carretera... 53 

También mi madre nos hace salir de la carretera y corremos entre los ras-trojos, que me arañan las tiernas rodillas. Pero yo no me quejo, porque intuyo que me tengo que comportar como un hombre. Querría poder correr más deprisa para contentar a mi madre, pero mis piernas son aún muy cortas y me siento demasia-do cansado. Al final mi hermano mayor me coge en brazos y carga conmigo hasta que la bandada se cansa de jugar con nosotros y se aleja. Atrás quedan decenas de cuerpos tendidos en el suelo. Para algunos ya no tiene sentido seguir adelante, porque han perdido lo único que les importaba poner a salvo.

Paradójicamente, a medida que nos acercamos a nuestro destino, mi madre empieza a aminorar la marcha. En las proximidades del puerto se para y se dirige a mi hermano mayor.

–Yo no iré con vosotros.

–Pero madre…

–No puedo marcharme mientras exista una esperanza de que vuestro padre esté vivo…, por muy pequeña que sea. Tengo que volver a buscarle –interrumpe ella.

–Y yo no me marcharé dejándola aquí sola –replica mi hermano con una firmeza que, a pesar de sus escasos dieciséis años, no deja lugar a dudas.

Ambos me miran a un tiempo. Y yo comprendo que la decisión ya está tomada. No importa lo que yo haga o diga; tengo sólo seis años.

Mi madre me repite que no me aleje de la vecina, maestra de profesión, y que sea obediente. Con un imperdible, me cuelga de la solapa un papel con mi nombre escrito y me dice que no me lo quite, que es muy importante que recuerde mis apellidos y les diga a los desconocidos que no soy huérfano, que yo tengo un padre y una madre que me reclamarán un día.

Mi hermano me revuelve el cabello y mete una fotografía en mi bolsillo.

–Esto es para que no te olvides de mí –me dice–. Entonces yo tenía más o menos tu edad. No se me ve muy bien, pero no importa. Dentro de poco esto habrá terminado y tú volverás, y podrás mirarme cuanto quieras. Regresarás hecho un hombre y hablando otra lengua, y todos estaremos muy orgullosos de ti. Tienes que ser valiente.

Yo le digo que lo seré. Pero cuando la vecina intenta subirme al barco, me resisto. A pesar de mis esfuerzos por no hacer pucheros, noto cómo dos gruesos lagrimones calientan mis mejillas a su paso. 54 

–¿Se lo dirás a padre? –pregunto preocupado a voces mientras la veci-na me arrastra por la pasarela.

–Le diré a padre lo valiente que has sido –me tranquiliza mi hermano.

Mientras el barco zarpa, muchos niños y algunas mujeres se asoman por la borda llorando. Yo soy demasiado pequeño para alcanzar la barandilla. Al final la vecina me aúpa para que pueda ver cómo mi familia se despide de mí desde el muelle. Y ésa es la última vez que veo a mi madre y a mi hermano.

Cuando era pequeño, mi padre solía decirme que los hombres no lloran. Entonces yo pensaba que mi padre tenía la razón en todo y viviría para siem-pre. Pero ese espejismo duró sólo lo que duró mi infancia, que fue demasiado breve. Después crecí y comprendí de golpe que mi padre era sólo un hombre, que sangraba cuando le herían y que a veces también se equivocaba.

Aparta la vista de las palomas –quizá intentando alejar todos esos re-cuerdos– y se centra en el chiquillo de la foto. Quién sabe qué aspecto tendrá ahora su hermano. Probablemente ni siquiera será capaz de reconocerle. Sólo recuerda de él el agradable olor a tabaco de sus ropas durante esa carrera bajo las bombas.

–Te dije que volverías hecho un hombre –dice la cascada voz de un desconocido casi nonagenario.

–¿Hermano? –evidentemente en nada se parece al niño de la foto, pero hay algo en sus ojos que no ha cambiado.

–Te he reconocido por eso –explica señalando con su bastón el pedazo de papel surcado por pequeñas arrugas, como el rostro de ambos ancianos.

–No me he separado nunca de ella. Por eso está tan ajada.

–No importa que las cosas se estropeen de mucho usarlas. Lo malo es cuando se vuelven viejas e inservibles sin que nadie repare siquiera en ellas.

–Nunca intenté buscarte porque creía que estabas muerto. De no ser porque vi la entrevista que te hicieron en ese programa de televisión, nunca nos habríamos vuelto a encontrar. Cuando llegó la noticia de la defunción de madre y de tu ingreso en prisión, decidieron darme en acogida a una familia. Me trataron muy bien. Incluso intentaron obtener información sobre ti. Les dije-ron que te habían abatido durante un intento de fuga del penal. Puede que co-55

metiesen un error, o que simplemente lo hiciesen por maldad. Algún tiempo después indagaron de nuevo, pero no parecía haber rastro de ti en el pueblo. De modo que se dieron por vencidos. Y yo también me resigné a aceptar que ya no quedaba rastro de mi primera familia.

–Después de la fuga pasé la frontera y me quedé en Francia durante va-rios años. No volví al pueblo hasta mucho después. Yo también intenté dar contigo. Quería cumplir la palabra que le había dado a aquel chiquillo al que despedí en el puerto, pero me fue imposible. Evidentemente para entonces ya habías cambiado de apellido.

–¿Encontrasteis a padre?

―No, pero logramos descubrir dónde está enterrado. Es un bonito para-je. Le cubre la hierba fresca y los árboles le dan sombra. Esta tarde te llevaré, si quieres. Le pediré a mi nieto que nos acerque con el coche.

–¿Tienes muchos nietos?

–Tengo hasta biznietos. Soy un venerable anciano. No como tú, que estás hecho un chaval. Casi como cuando te marchaste. ¿Has conseguido re-conocer algo de la ciudad?

–Aún no he podido ver mucho, pero nada me resulta familiar. En realidad mis pocos recuerdos son en blanco y negro, como esta fotografía. Después de tantos años, ya no sé si son reales o sólo el producto de mis pesadillas infanti-les, un espejismo al que mi inconsciente dio forma a fuerza de tanto mirar esta imagen.

–Tu memoria no te engaña. Aquellos años fueron realmente en blanco y negro.

–Estaba tan nervioso por nuestro encuentro que no aguantaba más en el hotel. He llegado con mucha antelación y me he puesto a buscar el palomar que mirabas en la foto, pero no he encontrado ni rastro de él.

–Lo derribaron hace demasiados años, en los cuarenta.

–¿Y el enorme tilo del que me hablabas cuando era pequeño?

–Ya no podrás verlo. Una tormenta lo abatió en el cuarenta y ocho.

–¿Sobrevivió algo a aquellos años? –pregunta apesadumbrado.

–El viejo tilo resistió hasta el final recio como siempre fue, y un hijo suyo vive aún en el parque de Amézola. El palomar fue trasladado al estanque del 56

 parque de Doña Casilda, donde además de palomas hay patos y cisnes. La verdad es que está bastante cambiado. Nada tiene que ver con él la elegante construcción de la foto. A mí me parece más bien una moderna nave espacial, pero hay que saber adaptarse a los tiempos. Al fin y al cabo, tampoco nosotros somos los mismos, ¿no? Porque lo importante es resistir en pie, hermano, aunque sea con achaques y remiendos.