EL AMOR EN TIEMPOS CIBERNÉTICOS 

22 Finalista en el I Premio Grup Loebher de Relato Temático, publicado en la antología de los textos ganadores del certamen, Grup Lobher, 2010, p. 41-47. 

El leve carraspeo que llega desde el otro lado de la pared baja por su co-lumna vertebral convertido en una descarga eléctrica gélida. Los finos dedos quedan suspendidos sobre las teclas como una nube de vacilantes mariposas. Inmóvil, sin atreverse a respirar siquiera, espera algún signo más que haga presagiar una inoportuna interrupción. Finalmente el firme y regular sonido de las teclas comienza de nuevo en la habitación contigua; el peligro ha pasado.

A pesar de a tensión a la que se ve sometida, debe reconocer que la cercanía de su esposo cuando chatea con él, el riesgo de ser sorprendida un día, convierte esa relación en una aventura aún más excitante. Sin duda entrar a formar parte de esa red social ha sido lo mejor que le ha pasado en los últi-mos años; con sus mensajes ha vuelto a sentirse cómoda consigo misma y ha recuperado la seguridad de antaño.

Su esposo suele encerrarse al regresar del trabajo. No obstante le pre-ocupa que el día menos pensado elija el momento más inoportuno para hacerle una visita.

Él es totalmente distinto de su misterioso amigo, que la conoce muy bien. Amante Desconocido sabe siempre qué decir y cuándo hacerlo. En sus interminables diálogos, él escucha y atiende solícitamente sus deseos. Sabe darle exactamente lo que ella desea en el momento en el que más lo necesita. Jamás ha hecho uso de un lenguaje grosero. No recuerda ni un comentario que pueda considerarse ni lejanamente soez. Por eso llamó su atención inmedia-tamente. Por eso le escogió entre tantos otros. Desde el momento en el que leyó su primer mensaje, supo que era él.

Es un hombre excepcional. Ni siquiera al principio recurrió en esos jue-gos que parecen casi obligadas. Ella, extrañada, al poco de comenzar su rela-ción le había preguntado si no deseaba saber lo que llevaba puesto. “Lo cierto es que podrías llevar un traje de buzo o uno de esos horrendos pijamas de fra- 65 

nela con flores. Yo seguiría deseándote incluso con rulos, cubierta de crema antiarrugas hasta las cejas y con un par de rodajas de pepino en lugar de ojos. Una mujer tan inteligente y sensible como tú es apetecible a cualquier edad y en cualquier circunstancia”, había aparecido escrito sobre la pantalla.

Él ha conseguido que de nuevo merezca la pena levantarse cada maña-na. La ha hecho sentir deseada de nuevo, ilusionada y viva otra vez. Desde que ha entrado su vida, se siente infinitamente menos frustrada. De hecho está convencida de que esa relación clandestina, involuntariamente, ha mejorado incluso la convivencia con su marido. En los últimos tiempos su esposo, que probablemente ha percibido ese cambio en su personalidad, se muestra menos irascible e intransigente.

Recuperar al amante solicito que en otro tiempo tuvo en su marido, aun-que ahora vista las ropas de otro hombre, la ha devuelto a un mundo del que creía haberse despedido definitivamente: el del deseo, la sensualidad y la pa-sión. Siente otra vez ese cosquilleo en el estómago, la impaciencia mientras espera el próximo encuentro en la red con ese desconocido cuyas manos casi puede percibir por las noches.

–Lo voy a hacer– dice en voz alta para infundirse valor.

El inesperado sonido le sobresalta. En un acto reflejo, minimiza la ven-tana por si ella decidiese entrar sin previo aviso. Aunque parece harto impro-bable, pues siempre llama escrupulosamente a la puerta y, además, lleva me-ses sin hacerle ninguna visita. Antes era frecuente que, aun trabajando en habitaciones separadas, ella aprovecharse cualquier pretexto para interrum-pirle –quizá más frecuentemente de lo que a él le habría gustado–, pero eso ya no sucedía. Es como si esperase que él diese el primer paso. Como si pensase que él tiene la obligación de conocer las respuestas acertadas, de adivinar lo que le pasa en cada momento por la cabeza. Por eso le vuelve loco Boca de Fresa: ella no teme comunicarle todos sus deseos y esperan-zas. Con ella no se siente sometido constantemente a un examen que está casi seguro de suspender.

–Mañana a las 21:00 en el hotel del que te hablé el otro día. ¿Te pare-ce? –escribe conteniendo a duras penas la emoción. 66 

–Por supuesto –decide no añadir la frase “duerme bien, amor mío” con la que se despide siempre de él, pues siente que ese día es totalmente distinto: ese día comienza una nueva vida.

Cierra el portátil y se dirige a la cocina dispuesta a preparar una frugal cena. No tiene ganas de complicarse la vida; sólo le apetece pensar en lo que se pondrá al día siguiente. Además siempre que pierde el tiempo en hacer algún plato sofisticado, él tiene mil críticas –aparentemente inocentes– prepa-radas en su recámara. Mejor que la critique por no haberse esforzado lo sufi-ciente que por haber perdido un tiempo precioso. Desde la cocina escucha un leve ruido procedente del cuartito de trabajo de su esposo. Seguramente dentro de poco saldrá de su madriguera a mesa puesta, como casi siempre, esperan-do encontrar la cena en el plato.

La velada transcurre tranquila: un capítulo de una teleserie y a la cama. Pero apenas consigue dormir. Permanece boca arriba, inmóvil, con los ojos muy abiertos, a pesar de que la total oscuridad no le permite percibir ningún detalle de la habitación. No puede dejar de imaginar el ansiado encuentro: lo que llevará puesto, su olor, su forma de caminar, sus manos…

El día pasa demasiado lentamente. Sin embargo el tiempo parece volar a primera hora de la tarde, a medida que la cita se aproxima.

Ella llega antes a casa y comienza a prepararse para su “cena de traba-jo”. Se mueve muy lentamente al compás de un CD, disfrutando de cada se-gundo como solía hacer cuando se preparaba para él tanto tiempo atrás. Poco a poco vuelve a tomar conciencia de su cuerpo. Esa familiar sensación, casi olvidada, la embriaga. Ahora que la ha recuperado, no logra entender cómo ha podido sobrevivir tantos años sin ella.

Coloca delicadamente cada una de las prendas sobre la cama de matri-monio. Mientras su doble la espera tumbada indolentemente sobre el lecho, se dirige hacia el baño y enciende una varita de incienso. Ha escogido cuidado-samente el aroma entre su amplia colección. El olor a lirio del valle, profundo y sensual, es la señal que da comienzo a la ceremonia. Tras la ducha con el gel exfoliante a la joroba, llega el insistente masaje con la leche corporal al albari-coque. Ya estaba lista para maquillarse y enfundarse en el vestido. Pero que-67 

daba aún otro placer especialmente apreciado: el de ponerse las medias, casi transparentes y ajustadísimas, suficientemente tensas como para regalarle unas nuevas pantorrillas turgentes que no se cansa de recorrer con la palma de la mano. Gracias a los tacones altos, sus tobillos parecen aún más dedicados.

Le sobresalta el sonido de la llave en la cerradura. Entonces recuerda vagamente que su marido ha mencionado una cena de amigos, la despedida de soltero de un compañero o algo así la noche antes.

Se coloca los últimos complementos y decide salir temprano de casa. Así no estará en medio mientras su esposo se preparaba, cosa que le vuelve extremadamente irascible. No le apetece llamar su atención, no quiere que la vea tan atractiva; le molestaba que sólo se fije en ella cuando se viste de forma llamativa. Él sería incapaz de excitarse si la viese con un pijama de franela, a pesar de haberlo hecho en el pasado. Además le apetece tomarse con calma el trayecto y gozar de las miradas que atraerá a su paso. Al llegar al hotel se sen-tirá aún más segura y satisfecha. Le esperará en el bar mientras tomaba una copa. En pocos minutos, aquel se convertirá en su hábitat natural. Cuando fi-nalmente llegue, él podrá comprobar que ha conseguido la mujer más deseada de toda la sala. No se merece menos.

Aunque se prepara con una cierta premura, pues ha salido más tarde de lo previsto del trabajo, elige cuidadosamente la camisa y presta una especial atención al perfume y a la crema para después del afeitado.

Todo marcha perfectamente, hasta que atraviesa la puerta del hotel. En-tonces empieza a notar sensaciones que no había previsto: deja de disfrutar y comienza a tener remordimientos. No es mujer que dispare por la espalda; le gusta ir de frente. Gira sobre sus talones en el hall y vuelve a salir. Lo desea, pero no puede.

En el ascensor de casa se retoca torpemente el maquillaje. Ha estado deambulando por la ciudad con dos churretes de rimel que le surcan las meji-llas. Aunque ahora eso le parece lo de menos.

Se cambia precipitadamente y se mete en la cama. Supone que su es-poso llegará tarde, pero no quiere tener que dirigirle la palabra si por un casual 68

 vuelve antes de lo previsto. Esa noche escoge un viejo pijama de franela de flores… pensando en él.

Cuando está llegando al hotel, sus dedos se ponen a juguetear con algo dentro del bolsillo, es una entrada de la última vez que fueron al cine. Hace ya mucho tiempo, pues apenas salen juntos. El descolorido y arrugado papel le trae a la memoria el dolor que se dibujó en el rostro de su esposa al encontrar en cierta ocasión otro ticket similar en el bolsillo de sus pantalones cuando se disponía a lavarlos. Comprendió enseguida que dudaba de él. Sin embargo hasta aquel momento no había hecho nunca algo así. Y ahora es consciente de que esta vez tampoco podrá.

Entra en casa sigilosamente. Ha recorrido varios bares y supone que ella ya estará allí. No quiere despertarla. Además no cree poder mirarla a la cara. Al día siguiente seguramente resultará más fácil.

Se mete lentamente bajo las sábanas. Ella sigue inmóvil como un coneji-to asustado y aprieta aún más los párpados. Al poco, el único sonido que reina en la habitación es la respiración pausada de ambos, que permanecen tendi-dos boca arriba como dos cadáveres tristes, con los ojos enormemente abier-tos, capaces quizá de ver más allá de la densa oscuridad que los más envuelve.