BIENAVENTURADOS LOS SEDIENTOS

 

Ganador del V Certamen de Relato Corto Aljarafesa sobre el agua, y publicado en la antología de los textos ganado-res, Sevilla, España, 2010, pp. 7-34.

 Tan fascinado está por esa superficie insidiosa que no ha reparado en la presencia del temido representante de la ley. El espejo líquido ejerce siempre un enorme poder sobre él. Reclama toda su atención. Incluso lo-gra que por unos momentos se abstraiga de la realidad fea y sucia que le circunda.

–¿No te olvidas de algo? –dice el alguacil. La voz sobresalta al corso, por lo general impasible.

Es verano y, aunque los aguadores sevillanos tienen permiso para llenar sus cántaros en las fuentes públicas de la Alameda gratuitamente, están obli-gados a regar el paseo mientras dure el calor sofocante. Lejos de adoptar una actitud servil, el corso se limita a lanzarle una muda mirada torva. En su pueblo natal, una pequeña aldea encaramada en la montaña, tenía fama de ser hom-bre de pocas palabras, y los muchos años vividos en Sevilla no le han vuelto más locuaz: Está seguro de que los vecinos no son conscientes de cuán justo es el sobrenombre por el que le conocen: él es y será siempre un corso. No importa dónde viva ni dónde muera.

–Precisamente ahora nos disponíamos a regar el paseo. Cuando lo hayamos dejado fresco como mandan las ordenanzas, llenaremos de nuevo los cántaros y nos dirigiremos al corral. Aún tenemos tiempo antes de que empiece la comedia –interviene, obsequioso, el muchacho recién llegado.

El joven aguador comienza a salpicar la hilera de árboles más próxima. Sólo su mirada suplicante logra que finalmente el corso aparte los ojos del alguacil y le imite con desgana. Una vez acabada la tarea, ambos aguadores llenan de nuevo sus cántaros y echan a andar lentamente hacia el Corral de San Pedro. En la entrada principal les esperarán los dos pillue-los que se cuelan entre la multitud y venden sus productos. Mientras, ellos permanecen tras los aposentos bajos y al lado de la escalera de los altos, 24 

justo en la parte derecha de la entrada al patio del corral, en el angosto “sitio del aguador”, de apenas siete tercias de lado8.

8 Siete tercias equivalían aproximadamente a dos metros. En cualquier caso, la tercia no correspondía a la misma cantidad de centímetros en cada región española. 

–Ándate con ojo, corso –susurra el compañero–. A Alonso lo han pillado con las manos en la masa. Lo han detenido ayer. Está acusado de coger agua ilegalmente en los Caños de Carmona.

–Bien podía encargarse la justicia de perseguir a los delincuentes de verdad en lugar de cebarse con los pobres muertos de hambre como noso-tros. Nuestro oficio es duro. A veces robamos el agua, sí, pero lo hacemos para sobrevivir.

–Razón no te falta. Pero razones no les faltan tampoco a ellos. Sabes bien que en Sevilla el agua es casi tan preciosa como el oro.

–Sé que los pobres desgraciados beben con ansia los vasos que les ofrezco por unas monedas ganadas con mucho esfuerzo. Que los miran con devoción, como si fuesen el cáliz en el que el de Arimatea recogió la sangre de Nuestro Señor. Pero sé también que en los palacios hay tinas en las que los señores se sumergen por completo. Tampoco me parece que los aguadores que transportan varios cántaros sobre sus mulos o en sus carritos, quienes venden grandes cantidades de agua por las casas de Sevilla, sean tan perse-guidos como nosotros.

Caminan lentamente, pues la carga es mucha y temen derramar el pre-cioso contenido de sus cántaros. Cada gota tendrá un precio apenas lleguen a su destino y los vecinos, asaeteados por el sol inmisericorde, reclamen sus servicios. Tendrán que pagar una buena cantidad de maravedíes al arrendador del corral para poder vender entre sus muros, pero habrá valido la pena. Por supuesto ofrecerán también vino, aloja e incluso hielo a quien lo pueda pagar. Unos pocos afortunados se permitirán incluso alguna pieza de fruta. Al fin y al cabo, los corrales reúnen a un público muy variado. No faltan miembros de la clase alta dispuestos a mezclarse con el vulgo. Algunos acuden en busca de esas aventuras galantes que ni siquiera la separación de sexos impuesta por las autoridades logra evitar, y en las que muy a menudo los propios aguadores 25 

actúan como intermediarios, llevando recados de uno a otro lado con la excusa de ofrecer de beber. Otros, ansiosos de reyertas en las que ahogar su exce-so de ardor. Los estudiantes son quizá los más temibles. Acostumbrados como están a ver el espectáculo gratis, no es infrecuente que se nieguen a pagar lo consumido. Más de un aguador ha recibido heridas de arma blanca por pretenderlo9.

9 De la persecución del hurto de agua por parte de los aguadores sevillanos (es decir, su acceso a fuentes, conduccio-nes o depósitos en las que no podían abastecerse gratuitamente) queda constancia en el Archivo del Alcázar de Sevi-lla. Los documentos revelan también los conflictos entre estudiantes y aguadores, uno de los cuales (el aguador del Corral de la Montería, en 1652) resultó muerto durante una pelea. Las fuentes del periodo también informan sobre el pago de dinero por parte de los aguadores a los arrendatarios de los corrales para que se les permitiese vender duran-te los espectáculos.

–Dice aquel caballero que unos labios tan jugosos como ésos no deben quedarse nunca secos. Que él haría cuanto estuviese en su mano por evitarlo, pero que, habiéndose empeñado la autoridad en ir contra natura al separar a los caballeros de las damas en este recinto hecho para solazarse, estándole vedado por el momento cualquier otro procedimiento para conseguirlo, me en-vía a mí con este pobre sustituto –el picaruelo le tiende la delicada copa de vi-drio veneciano, pues el caballero a accedido a pagar un poco más por el man-dado. Debe de estar muy interesado. Y no es de extrañar: a pesar de ser ya gallina vieja, tiene aún un cuerpo bastante lozano.

La dama de mediana edad no despega los labios del borde hasta no haber apurado la copa. Lo hace sin apartar los ojos en ningún momento del caballero, con un descaro inaudito pero no inusual. En los corrales todos se sienten libres de abandonar sus papeles cotidianos por unas horas. Es un lugar para el disfrute, el desenfreno y, no pocas veces, para la lujuria. Seguramente se tratará de una dama tenida por especialmente recatada, una de las más honestas de su vecindario.

La mirada lasciva de ella y la de él se encuentran a medio camino. Dan-zan en el aire ajenas al resto de ojos que se buscan y se encuentran entre la muchedumbre.

A pesar de su corta edad, el bribonzuelo está muy acostumbrado a ese género de escenas y sabe hacer bien su trabajo, de modo que ni siquiera se sonroja. Los observa con una curiosidad casi científica. Toda la información 26

 que acumule sobre el comportamiento de los adultos le será útil con sus suce-sivos clientes. Al fin y al cabo, las mayores propinas se obtienen como alcahue-te y no como vendedor de agua o fruta10.

10 En efecto sabemos que los aguadores y/o los chiquillos que trabajaban para ellos actuaban también como alcahue-tes, y que estas prácticas se veían facilitadas durante las representaciones de comedias en los corrales.

11 El Corral de San Pedro estaba situado a cien metros de la casa en la que nació Velázquez. Dicho corral, efectiva-mente, estuvo activo mientras el pintor vivía.

–Dile a ese caballero que aún me he quedado con sed. Con mucha. Pe-ro que, entre tanto, puede pagarme media docena de higos bien dulces.

El caballero sonríe satisfecho mientras escucha al muchacho. Mete la mano en la cesta y, tras asegurarse de que ella aún mira, comienza a apre-tar sin demasiadas contemplaciones uno de los invitantes frutos casi negros. El muchacho se dice que tanto sobar esas brevas ya maduras no puede hacerle ningún bien a la fruta. Pero poco importa: es evidente que, con tal de complacerle, ella se las comerá estén blandas o no. Y a juzgar por los ojos con los que mira el generoso escote, él hará otro tanto apenas se le ofrezca la oportunidad.

–¿Quién podría resistirse a semejante delicia? No hay nada como un vaso de agua recién cogida con este calor –dice el caballero mientras le tiende una moneda. Le ofrece una amable sonrisa. No todos lo hacen. El corso intenta corresponderle como mejor puede; no está acostumbrado a sonreír.

El pintor se dirige al cercano Corral de San Pedro. Está a unos pocos pasos de la casa de sus padres11 y allí seguramente tendrán agua que ofrecer-le, pero desde niño le fascinan esos hombres que la venden por las calles. Re-cuerda su primer vaso: el delicioso aroma del líquido cristalino, el higo maduro, negrísimo, henchido hasta el punto de abrirse y dejar escapar por sus delica-das llagas el dulce néctar, en el fondo de la copa. Además ha estudiado su ros-tro desde lejos. Tiene que ser él. A medida que se ha ido acercando a esos dos hombres, ha comprendido que no puede dejar pasar la oportunidad.

–Prodigioso. Las gotas que rezuman y resbalan por la panza del enorme cántaro… Es sin duda vuestro bodegón más soberbio. Qué extraño. Parece casi como si las figuras fuesen saliendo a la luz progresivamente. Como si las 27 

tinieblas se fuesen disipando a su alrededor poco a poco, lavadas quizá por esa agua tan cristalina. Así iluminados, parecen casi figuras sacras. No se diría una escena cotidiana. Como si no se tratase de un aguador sino, Dios me per-done si blasfemo, del mismísimo Cristo ofreciendo el cáliz de la redención, el dulce fruto de su martirio y Pasión12, el néctar de la reconciliación –comenta sobrecogido.

12 La tradición según la cual José de Arimatea recogió la sangre de Cristo crucificado en el cáliz usado durante la Últi-ma Cena, el denominado Santo Grial, al que se le atribuirían poderes milagrosos después, aparece citada por primera vez en la obra Joseph d'Arimathie de Robert de Boron, escrita en el siglo XII. Éste, como es bien sabido, pasará a ser un tema central en el Ciclo Artúrico.

13 Se sigue debatiendo sobre el significado alegórico que el cuadro El aguador de Sevilla pudo tener. Podría tratarse de una alegoría de la caridad o incluso de la prudencia, pero normalmente se considera que representa la transmisión del conocimiento entre las tres edades del hombre. En cualquier caso, sigue sin poderse afirmar si la alegoría es de natu-raleza sacra o profana. Quizá, en realidad, en el cuadro se fundiesen ambas.

14 Sabemos que los aguadores, aprovechando que también vendían fruta, introducían higos en las copas de agua para perfumarlas y hacerlas aún más agradables al paladar. No obstante, dado que el mensaje del cuadro parece ser que la sabiduría ilumina al hombre, la autora ha querido relacionar la presencia del higo con los comentarios de los sabios hebreos sobre el texto bíblico. Muchos de estos estudiosos, ya desde muy antiguo, consideran que el fruto prohibido no fue una manzana sino un higo. Razón por la cual el higo se convertiría en el símbolo de la sabiduría.

El pintor sonríe casi imperceptiblemente

–Los puestos de los aguadores son tan angostos que apenas están ilu-minados. La única luz que llega hasta ellos es la que proviene del patio del co-rral, y lo hace siempre desde el frente. Por otro lado, como sabéis, el agua es tan valiosa en Sevilla que bien merece un lugar de honor en un cuadro. Porque, en efecto, quien tiene sed debe ser saciado –se limita a decir.

Mientras conversa con el amigo sigue pintando su hermético mensaje13. Concentra su atención en el joven del fondo, el que aún reside en la penumbra de la que el contenido del vaso que apura le sacará en breve, saciándole de unos conocimientos que ni siquiera es consciente de ansiar. Sus ojos buscan después la escena principal, ésa en la que el aguador ofrece su experiencia al muchacho dentro de una copa, encerrada en ese higo, en ese fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal14, iluminándole como él espera iluminar con ese cuadro a todos cuantos sepan leer la alegoría que encierra. El mucha-cho mira el evanescente vidrio con reverencia y respeto, embelesado aunque aún incapaz de comprender el secreto tesoro que se le ofrece. Los jóvenes de-dos y la piel áspera del hombre maduro se rozan levemente mientras ese pre-cioso testigo pasa de una mano a la otra. El corso tiende con elegancia el fino regalo, siguiendo las instrucciones recibidas del pintor. Sin embargo, algo em-paña el gozo del momento. Algo turba al pintor. Algo enturbia el mensaje de su 28

cuadro. Observa detenidamente el perfil anguloso. El gesto desabrido del corso acabará arruinándolo todo.

–Procurad parecer un poco menos hosco –pide sin lograr esconder su disgusto―. Imaginad que la copa que ofrecéis al muchacho no está llena de agua sino de salvación. Imaginad que rebosa la dulce sangre de Cristo.

El corso le mira extrañado, con una singular pesadumbre en el rostro. Porque dentro de ese cáliz primorosamente labrado, en efecto, él no ve agua cristalina sino sangre. Una sangre tan densa que jamás la podrá borrar, tan persistente que toda el agua de Sevilla no logrará lavarla jamás. Una sangre que su perpetuo destierro no podrá compensar.

–Qué has hecho, desgraciado. Corre, no pierdas tiempo en recoger nada.

–¿Qué podría recoger, si nada poseo?

–A partir de ahora ya no tendrás ni siquiera patria. Corre, Giacomo, co-rre. Si te encuentran, te matarán. Y ellos sabrán buscarte. Huye lejos, lo más lejos que puedas. No habrá perdón, lo sabes. No regreses jamás –su padre se limita a estrecharlo entre sus brazos fugazmente. Contiene las lágrimas. Ese día pierde a su único hijo para siempre. El agua no correrá más en su casa.

Salta entre los riscos. Con cada zancada maldice ese temperamento que a menudo no es capaz de domeñar. Él, que rara vez se acuerda de Dios, ruega pi-diendo recibir templanza un día. Y caridad, toda esa caridad que habría podido sal-varle. Una discusión tan estúpida por una oveja, por una oveja que no debería haber bebido en ese arrollo… Y sin embargo, todas las criaturas deberían tener derecho a no pasar hambre ni sed, ahora lo sabe. Ahora, casi treinta años después y mil fatigas después, lo sabe bien. Pero entonces él era sólo un muchacho igno-rante, un muchacho estúpido e impulsivo. La sangre se extiende, inunda el arrollo, fluye entre las piedras empapando el suave musgo que las viste y manchando el verde de las orillas. Ya nunca nada será lo mismo. Los colores jamás volverán a estar limpios. Porque jamás habrá redención ni reconciliación consigo mismo.

La voz aterrada del muchacho le salva de sus negros recuerdos.

–Creí que habíais acabado de pintar el agua, señor –se disculpa el mu-chacho mientras la copa vacía tiembla entre sus manos. 29 

–Es justo que quien tiene sed sea saciado –el pintor le ofrece una leve sonrisa.

Y que quien padece hambre sea nutrido –añade el corso. Extrae el higo maduro de la copa ahora vacía y lo ofrece con inaudita delicadeza al mucha-cho, como un pájaro alimentaría a su polluelo.

El día que el pintor da la última pincelada, su alma se aflige. El hombre generalmente sombrío, no sabe bien cómo, ha ido librándose de un peso que le aplastaba. En los últimos días ha sido incluso capaz de esbozar la tibia sonrisa que el pintor le pedía. Aunque no sepa precisar muy bien el qué, siente que ese cuadro le ha devuelto algo, algo que nada tiene que ver con el dolor que le ha acompañado toda la vida.

Mientras se disponen a abandonar el taller, escucha a sus espaldas la voz campechana que le agradece de nuevo su diligencia. No sólo les ha paga-do bien, sino que además les ha tratado con respeto, les ha devuelto dignidad.

–Aguador, no me habéis dicho vuestro nombre –grita Velázquez.

El corso se gira en el umbral de la puerta. Podría estar entrando o sa-liendo. Alguien recién llegado nunca podría saberlo. La mano derecha, apoya-da con reverencia en el quicio, en ese símbolo del hogar que él, en el fondo, nunca podrá tener. La mano derecha, sobre la madera, como quien se dispone a jurar sobre el sacro libro.

–Cors… –el corso duda unos segundos. Su rostro normalmente impene-trable parece revelar un profundo padecimiento. Pero luego, súbitamente, las sombras se disipan y la luz regresa–. Giacomo15 –dice con una voz inusual-mente clara, tintineante como los arroyos de tierras lejanas.

15 La tradición según la cual el aguador del famoso cuadro de Velázquez era conocido como “el Corso de Sevilla” no aparece documentada hasta cuatro décadas después de la muerte del propio Velázquez. Nada se sabe sobre este personaje al que el relato ha pretendido dotar de un pasado. Ni siquiera sabemos si realmente era corso. Por supuesto, no conocemos el nombre del aguador. El nombre italiano de Giacomo, Santiago en castellano, ha sido elegido aten-diendo a la tradición según la cual éste apóstol era denominado el “Hijo del Trueno” por su fogosidad.