1 Inédito.

La criatura trepa como puede hacia lo alto del árbol buscando inútilmen-te una vía de fuga inexistente. En un desesperado intento por substraerse a las miradas crueles de sus hostigadores, se acurruca en una de las muchas ramas muertas que el invierno ha dejado huérfanas de hojas. No hay lugar en el que esconder el desamparo. Sus cándidas plumas se hinchan como velas sin rum-bo bajo el gélido viento; el cuerpecito menudo tirita casi imperceptiblemente. Ya ni siquiera él sabe con certeza si de frío o de miedo.

–¿Qué te apuestas a que le doy entre los ojos?

–Tú nunca has tenido puntería. Anda, déjame que lance yo primero.

Las infantiles manos se disputan furiosamente el pequeño instrumento de tortura. El blando cuerpo se va abollando bajo el efecto de las duras piedras que lanza la feroz onda. Hasta que el golpe seco anuncia la caída del tierno fruto que hasta hace no mucho surcaba los aires alegrando con su vuelo el pai-saje. Las alas se van despoblando bajo las manos ávidas por explorar, por descubrir un límite, por escuchar una voz que les ponga freno. Los manojos de inmaculadas plumas, arrancadas a puñados rabiosos, flotan unos segundos en el aire para caer después melancólicamente, igual que las hojas en otoño. El cándido cordero sacrificial queda lleno de trasquilones: la delicada paloma apenas puede ya volar.

El pequeño ángel parece haber enmudecido. Se limita a sufrir callada-mente sus tormentos. Se limita a observarlos con sus ojos enormes y tristes. Para ser más exactos, con su ojo enorme y triste, con el único ojo que el regue-ro de sangre que mana de su frente herida no le obliga a cerrar.

Debe de tener su misma edad. Es más o menos de la misma estatura de sus dos agresores, aunque parece bastante más débil que ellos. Está terrible-mente pálido. Se diría abatido y muy desmejorado, como si la decepción le hubiese herido aun más que los propios golpes. Y es que el pequeño ángel ya ni siquiera percibe el dolor del cuerpo: de los rasguños, los moratones y los 8 

mordiscos. Es tanto el dolor del alma que ha acabado por anestesiar su pobre carne torturada. Simplemente siente cómo si se le hubiese roto algo por dentro, algo imposible de remendar.

–No deberíamos dejarlo aquí –sugiere mirando el cuerpo desmadejado.

–Ya se las apañará –responde su hermano mayor.

–¿Y si pasase alguien y le preguntase qué le ha sucedido? Podría dela-tarnos. Quizá sería mejor cortarle la lengua para que no pueda hablar. También podríamos llevarle hasta el viejo pozo abandonado y tirarle dentro.

–Qué animal que eres. ¡Cómo vamos a tirar a un pozo a un ángel! ¿Aca-so no usas la cabeza? Dios no nos perdonaría. No. Bien pensado, será mucho mejor que lo llevemos hasta el pueblo para que lo vea el médico, por si se ha hecho daño de verdad. Diremos que se cayó de un árbol y nosotros simple-mente lo recogimos. Cuando llega la primavera, a los gorriones nuevos a veces les pasa. Si te hacemos ese favor, te comportarás como un buen muchacho y no abrirás el pico, ¿verdad que no? –pregunta al tiempo que le posa la mano sobre los lacios cabellos rubios, ahora cenicientos por la tierra y el polvo. La sonrisa amenazadora se torna una mueca de asco, pues le repugna la delica-deza y aún más la debilidad.

–Sal de ahí debajo; te hemos visto. Pero mira que eres idiota. ¿No has entendido aún que nunca podrás escapar? Esto sólo se acabará cuando noso-tros queramos que se acabe. Cuando nos hayamos aburrido de ti y decidamos buscarnos otro entretenimiento.

El chiquillo sale resignadamente de debajo del pupitre. Ya no suplica, no gime, no demora lo ineludible… Ya ni si quiera llora mientras le pegan. No es que no tenga ganas. No es que no se sienta humillado o los golpes no le due-lan. Sencillamente la experiencia le ha enseñando que, si no les ofrece esa diversión añadida, se cansarán antes.

Les observa con sus enormes ojos tristes sin proferir palabra. Y cuando le dicen “ven”, él se acerca sin rechistar arrastrando los pequeños pies.

–¿Tú crees que aguantará? Sería un fastidio que se quebrase definiti-vamente antes de tiempo. 9 

El frágil esqueleto cruje lastimeramente, lanzando una queja sumisa o un desesperado grito de socorro. Su eje se arquea bajo el peso, pero no llega a ceder del todo: se resiste testarudo.

–Aguantará –responde su hermano mayor con esa aparente seguridad que le caracteriza, la que hace que ningún muchacho del pueblo se atreva a oponerse a su despótica soberanía, a su imperio del terror–. Está muy escu-chimizado –explica mientras tira bruscamente de las maltratadas alas, salpica-das de sangre, hasta forzarlas a desplegarse innaturalmente–. Esto pesa me-nos que un jilguero; seguro que llegamos al pueblo.

Y así los dos muchachos, con sus ropas raídas y adustas, inquietante-mente sombrías, con sus botas insensibles y sus almas coriáceas, echan a an-dar despacio como un modesto cortejo fúnebre, como dos tiernos enterradores –de un luto obligado pero no sentido– que transportasen a su cliente en un do-mingo, sin ganas ni amor por el trabajo.

La túnica rasgada arrastra por el suelo. Se va manchando con el polvo del camino y los pisotones que de vez en cuando uno de sus verdugos le pro-pina descuidadamente. El otrora señor de los aires, desprovisto ahora de parte de sus sentidos, teme caerse al suelo y se aferra desesperadamente a los en-debles palos sobre los que le transportan. Viaja en precario equilibrio, sentado sobre un único y frágil listón que podría romperse en cualquier momento. Su infantil espalda se curva bajo el peso de todos los años que le han regalado en unos instantes: de las decepciones, los desengaños, el desencanto y la amar-gura. De niño le queda ya sólo el cuerpo. Por eso viaja cabizbajo, llorando por su difunta inocencia, que yace aún destripada bajo aquel árbol. Ésa a la que nadie se preocupará siquiera de dar sepultura, a la que nadie nunca llevará flores.

Aún aferra un ramillete de azucenas en la mano, como una frustrada pa-loma de la paz. Es el mismo ramillete que quiso ofrecerles cuando los encontró en la campiña, cuando se disponía a compartir con ellos sus inocentes juegos infantiles. Se aferra a ese pequeño objeto obstinadamente, inconscientemente, como si el humilde talismán pudiese protegerle de todo mal.

El pañuelo con el que han vendado su frente y el ojo herido se resbala poco a poco hasta privarle del uso de ambos ojos. Ya no ve absolutamente na-10

 

da. Ya no puede estar seguro de si el aroma salobre que llega a su nariz es el del cercano lago o el de sus propias lágrimas. Tampoco puede ver el prado nuevo que empieza a reverdecer otra vez tras el crudo invierno: la hierba mulli-da y suave que sus pies desnudos no alcanzan a disfrutar desde las improvisa-das andas en las que le transportan, ni las madrugadoras prímulas y azucenas. La primavera, de repente, ha sido desterrada del mundo.

Nadie parece darle la menor importancia a la improbable estampa. Los chiquillos avanzan por el pueblo semidesierto a la hora de la siesta con el pe-queño ángel herido en las parihuelas. El pañuelo que han usado como venda le cubre ahora el ojo derecho mientras el izquierdo, azulísimo como el cielo des-pejado, busca el amparo del suelo intentando hurtar su vergüenza a la vista de los desconocidos. Como todos los niños, siente curiosidad por un mundo nue-vo. Por eso ha liberado el único ojo con el que aún puede ver, aunque al mismo tiempo le abochorna ser visto en tales condiciones.

Nadie parece sorprendido. En realidad todos saben cómo se las gastan esos chiquillos, siempre haciendo diabluras. Sólo la tendera, que en esos mo-mentos aprovecha para barrer la entrada de su negocio, se digna levantar por unos instantes la vista.

–Abraham y Bernhard Taskinen, ¿otra vez haciendo de las vuestras? Qué chiquillos éstos –dice apoyándose sobre la punta de la escoba.

La mirada hosca del menor de los hermanos la disuade de hacer ningún comentario más. La mujer regresa a su tarea.

–Demonio, muchachos, le habéis hecho una buena brecha. ¿Con qué diantres le habéis pegado? –pregunta el médico con curiosidad científica mien-tras escruta la herida abriendo los labios frescos sin miramientos, sin reparar siquiera en el gesto de dolor sobre el rostro infantil, que arruga la nariz y se muerde el labio inferior procurando no llorar–. Le habéis partido una ceja. Habrá que echar un vistazo por ahí a ver si hay algo más roto.

Lo zarandea como si fuese una cosa, un calcetín por remendar. La so-mera revisión no parece revelar daños internos graves. Mientras escucha el diagnóstico del médico, que habla de él con los dos agresores como si estuvie-11 

se ausente, como si ni siquiera existiese, se pregunta cómo es posible que un hombre con tantos conocimientos no haya logrado dar con eso que le duele tanto, con eso que oyó crujir salvajemente mucho antes de que descargasen el primer puñetazo, antes incluso de que le lanzasen la primera piedra, más o menos cuando le escupieron el primer insulto. Y se dice que va a tener que aprender a vivir con esa cosa quebrada en su interior, que nadie hará nada pa-ra intentar enmendar el daño. Y que probablemente esa cosa se soldará sola lentamente, incorrectamente, dejando un callo horrible que jamás desaparecerá del todo alrededor de la superficie astillada.

De tanto apretar el borde de la camilla, la sangre deja de circular por las pequeñas manos. Los piececitos descalzos que cuelgan en el aire encogen los dedos tímidamente, se retuercen y acurrucan el uno contra el otro buscando una protección que nadie más parece dispuesto a ofrecerles. Con cada nueva puntada, las muecas desfiguran el rostro antes armonioso y sereno. La criatura no deja escapar lamento alguno, pero dos gruesos lagrimones salen de los ojos enormes y se pierden en las mejillas pálidas.

―Bueno, hemos acabado. La sangre es muy escandalosa, pero ya está casi como nuevo.

―No comprendo cómo podemos haber llegado a esto. Mi hijo debe ser readmitido inmediatamente. Mi mujer y yo tenemos que trabajar; el muchacho no puede quedarse en casa solo. No pretenderá que contrate una canguro todo ese tiempo únicamente por una estúpida chiquillada.

La voz se ha ido volviendo tan atronadora y amenazante que el pequeño es capaz de escucharla desde fuera del despacho del director. Se ha ido vol-viendo tan arrolladora que de las otra dos voces, de la de el profesor que los separó y de la el propio director, ya no queda rastro. Se ha ido volviendo tan avasalladora y dictatorial que en el diminuto despacho ya no hay espacio para ninguna otra voluntad. Por eso una sonrisa de orgullo filial recorre su rostro.

Desde el banco en el que está sentado alcanza a ver alejarse por el pa-sillo al otro muchacho. Camina con la cabeza gacha y la mano de su padre so-bre un hombro. Desde que ocurrió el incidente, alguien de su familia ha ido a recogerle cada día, aunque a veces no pisa la escuela. Ahora prefiere sentarse 12 

en el último pupitre. Lo hace encorvado, plegado sobre sí mismo como si qui-siese pasar desapercibido, anularse por completo. Ahora ya no interrumpe constantemente la clase con sus preguntas ni levanta atropelladamente la ma-no para ofrecer respuestas. Parece que, después de todo, la lección le ha ser-vido para algo.

–¿Qué han hecho esta vez? –pregunta su padre nada más abrir la puerta.

El médico ni siquiera responde. Simplemente se aparta hacia un lado pa-ra que el voluminoso hombre de voz cavernosa pueda ver al ángel herido que se esconde tímidamente tras su cuerpo.

–Demonios de críos… Uno de estos días acabaréis haciéndoos daño –ruge el padre mientras introduce a sus dos retoños en la casa a empellones.

La puerta se cierra ruidosamente. El médico y el pequeño ángel que-dan fuera, en mitad de la granja, con el viento soplando y los ojos perplejos llenándose de arena. Parece que allí ya no hay nada más que hacer ni que ver, así que el médico se aleja camino de su consulta arrastrado los pies y rascándose la cabeza canosa. El ángel, consternado, desamparado, perma-nece de pie en medio del páramo, frente a la puerta cerrada, bajo los rayos de sol que no calientan.

Ese óleo de Simberg le ilumina y, al tiempo, le quema por dentro. Le atrae, le atrapa irremediablemente a pesar de las tinieblas que rememora en su alma. Ese cuadro es, paradójicamente, su guía, la memoria que le empuja a construir un futuro mejor. Y también, su conciencia, ésa que no le permitirá jamás olvidar.

Contempla horrorizado el familiar rostro del niño que le observa fija-mente, directamente a los ojos. Las facciones duras de las cuales ha desapa-recido cualquier rastro de piedad, en las que ya es imposible adivinar la inge-nuidad ni la inocencia. La mirada desafiante, los finos labios apretados, convertidos apenas en dos líneas obstinadas. La sinrazón de la tozudez, im-puesta por la fuerza bruta, que se adivina en el gesto… Entonces sus ojos impresionados se posan, como cada vez, en la figura desprotegida del pe-queño ángel. Y recuerda el color ceniciento de las ojeras y el rostro demacra-do de aquel compañero. 13 

Las protestas sumisas del otro chiquillo le sacan de golpe de su ensi-mismamiento. En medio de la sala, en el suelo, está su hijo. Ante la mirada atónita del resto de visitantes, se ha sentado sobre el pecho de un niño algo menor que él.

Con un gesto casi imperceptible detiene la intervención de los otros pa-dres; ya no está dispuesto a eludir sus responsabilidades. Libera los pequeños pulmones del peso opresor. Aparta a su hijo con movimientos sorprendente-mente elegantes, en los que no anida brusquedad alguna. Tiende la mano a la pequeña criatura y la ayuda a levantarse delicadamente, como si fuese un pa-jarillo herido. Le alisa el trajecito con la palma de la mano y toca ligeramente su mejilla húmeda mientras le ofrece una sonrisa acogedora.

–Pídele perdón –ordena a su hijo lacónicamente. No hay violencia algu-na en su voz, pero sí una extrema firmeza, la firmeza que da el saberse justo.

Ambas familias coinciden en buena parte del recorrido por el museo. Cada vez que se encuentran en alguna sala, los adultos se limitan a saludarse inclinando la cabeza o esbozando una sonrisa. Pero los dos muchachos, me-nos interesados por el arte, a veces conversan sobre los superpoderes osten-tados por su dibujo animado favorito. Otras veces se limitan a sentarse calla-damente el uno junto al otro. Salen de su mutismo compartido sólo para revelarle al compañero la curiosa forma animal que se esconde tras esta o aquella mancha de color.

Él los observa de reojo, evitando interferir en sus íntimos diálogos y si-lencios. Evitando siquiera rozar esa magia apenas recién surgida, aún frágil por temor a quebrarla. Y su corazón llora de emoción y contenida alegría. Pero de-rrama lágrimas silenciosamente también por sí mismo, por todos esos años en los que estuvo perdido y nadie se preocupó de mostrarle el camino. Por el largo y estéril periplo en el que recorrió parajes sórdidos y habitó moradas frías, a veces totalmente solo y a veces en compañía de otros tan perdidos como él. Por todo ese tiempo malgastado que ya no podrá recobrar. Por esa imagen desfigurada del espejo que un día llegó a ver y que lucha aún por espantar ca-da mañana. Por sí mismo y por su perdida infancia. Ésa que apenas duró un suspiro y ya no podrá recuperar si no a través de su hijo.