Santiago Alba Rico participó en la última jornada del seminario organizado por la UDC y la Rede de Dereitos Sociais sobre Medios, Comunicación e Poder, que se cerró este jueves en A Coruña. Ensayista, traductor y buen conocedor del mundo árabe, reside en la actualidad en Túnez, después de hacerlo durante varios años en Egipto. Hablamos con él sobre Siria, Egipto, las primaveras árabes y sobre la emergencia social que se ha producido en los últimos tres años en las orillas del Mediterráneo. Destaca que "hubo movimientos populares que tomaron las calles durante días, semanas o meses. El problema es que no se consiguió ninguna victoria. Nos encontramos con una población cansada, que ha girado de nuevo hacia la protección de los propios intereses y hacia la vida privada como consecuencia de esta falta de victorias. Queda pendiente, por lo tanto, la construcción de una nueva hegemonía en tener gramscianos".

¿Cómo analizas la situación actual de la guerra en Siria, después de que se llegara a un acuerdo para evitar la intervención norteamericana?

Llevamos dos años y medio de un conflicto que continúa y en el que siguen muriendo sirios todos los días. Lo que sí se ha evitado es el agravar el problema, impidiendo esa intervención que habría sido una verdadera calamidad para el pueblo sirio, además de una flagrante violación del derecho internacional. El problema permanece y tiene que ver con una revolución inicial, pacífica, contra una dictadura feroz, una revolución que después es abandonada por todos, por la derecha y por la izquierda. Y finalmente, a través de la financiación y del armamento, más o menos reducido, de los sectores más yihadistas, la revolución acabó por parecerse a la propaganda que sostuvo siempre el régimen de Al-Asad. Hay una tendencia de los medios de comunicación occidentales, tanto de los de izquierda como de los de derechas, a ignorar todos los sectores laicos, democráticos, de izquierdas, pacifistas, comunistas, anarquistas, que están combatiendo contra Al-Asad.

¿Hay alguna vía de solución?

Es complicado. Podría haber habido una forma, que pasaba por armar a los sectores laicos, democráticos y de izquierda. No se hizo y fueron perdiendo protagonismo. Y lo mejor habría sido no llegar a eso, y que Al-Asad hubiera cedido ante las protestas. Hoy por hoy lo importante es llegar a un alto el fuego, recomponer las fuerzas democráticas, que en este momentos están combatiendo no sólo contra Al-Asad, sino también contra Al-Qaeda. Y eso depende de las presiones internacionales. Como se acabo convirtiendo en una guerra interpuesta, una guerra por delegación, las potencias en conflicto, de un lado y de otro, son las que tienen que presionar. Hay movimientos que así lo indican, hay negociaciones, y vamos a ver si esas negociaciones llegan a algún sitio. Pero Al-Asad no va a abandonar el poder y esa es una condición irrenunciable de todos los grupos de la oposición para sentarse a negociar.

¿Qué va a pasar en Egipto?

En Egipto ocurrió todo aquello que más temíamos todos los que estuvimos apoyando con entusiasmo y esperanza los procesos de cambio en el mundo árabe. Hubo un golpe de estado antislamista, que yo considero un golpe de estado regional, porque llegó desde Libia, Egipto, la propia Siria y Qatar, inspirado más bien por Arabia Saudí. Demostrando que vivimos en un mundo multipolar, en el que las potencias locales deciden dar un golpe de estado sin previas consultas con los Estados Unidos, sabiendo que los Estados Unidos tendrán que negociar con ellos, aceptando una situación de hecho. Egipto es quien asegura el cumplimiento de los acuerdos de Camp David, y vemos como los palestinos, sobre todo los próximos a Hamás, se han convertido en objeto de persecución. Este golpe de estado reaccionario no sólo invalida todas las luchas regionales de los dos últimos años y medio, sino que hace retroceder la región más allá de esos dos años y medio. Eso no significa que todo haya acabado en Egipto. Se han puesto en marcha procesos populares de empoderamiento que siguen muy vivos, las luchas sindicales, por ejemplo, en las movilizaciones del sector textil, y también en las calles, tomadas por los militares. Además, las movilizaciones continuas de los Hermanos Musulmanes son silenciadas no sólo por el gobierno militar, sino por la mayor parte de los medios de comunicación internacionales, que ya no informan, porque las víctimas de la represión son los islamistas.

¿Qué visión de lo que sucede en estos países se ofrece en los medios de comunicación españoles?

Hay mucha ignorancia, también en muchos sectores de la izquierda. A mí me preocupa que se esté incurriendo en los mismos clichés islamofóbicos que empleó por ejemplo George Bush, que se recurra a los argumentos de un aludido carácter fanático o terrorista de los opositores a un dictador, para condenar una intervención que creo que habría que condenar por otros motivos.

¿Sigue vivo el impulso de las primaveras árabes?

Las revoluciones árabes les descubrieron a mucha gente una nueva realidad, y eso puede llevar a una tentación de despecho, de decir: aquello no era verdad. Y sí que era verdad: nos descubrieron unas sociedades árabes muy ricas, ajustaron nuestra visión a lo que es la realidad de esas sociedad, del mundo árabe, un montón de gente nueva, de movimientos populares, con muchas corrientes, con un gran uso de las nuevas tecnologías... Lo que pasa es que todo esto sucedió en la zona en la que hay más intereses geoestratégicos del mundo. Y esos procesos o bien fueron abortados desde el inicio, o fueron descabezados por un golpe de estado, o por guerras civiles, que son la mejor ocasión para que vuelvan los sectores más radicales de la ultraderecha islamista, que habían quedado fuera de juego con las revoluciones. Vivimos un deshielo, con poblaciones que vivían petrificadas bajo la opresión económica y social, bajo la humillación permanente de unas élites mafiosas que además aplicaban políticas neoliberales. Y esta explosión popular sigue siendo una buena noticia. Hay países como Túnez o Egipto en los que hubo una toma de conciencia impresionante, allí se ha dado una mutación. Como decía Olga Rodríguez el otro día, quizás no hubo una revolución social o económica, pero sí una revolución política en términos de toma de conciencia. Es un cambio tan esperanzador y objetivo como si se hubieran invertido los polos terrestres, y creo que va a ser difícil que se revierta. Podemos ver ahora un periodo de retroceso, pero no hay que descartar que todos estos movimientos cristalicen en formas mejor organizadas dentro de pocos años, en nuevas tentativas de transformación.

¿Y que va a pasar en España? ¿Hay fuerza suficiente en la izquierda para darle la vuelta a la situación y liderar un proceso constituyente?

Creo que en los últimos dos años hemos vivido en la cuenca mediterránea procesos muy semejantes que actúan en la misma falla tectónica del capitalismo global. Hubo movimientos populares que tomaron las calles durante días, semanas o meses. El problema es que no se consiguió ninguna victoria. Ni hubo tiempo para que surgieran nuevos marcos interpretativos, ni se consiguió ninguna victoria que ayudara a construir esos marcos interpretativos. Nos encontramos con una población cansada, que ha girado de nuevo hacia la protección de los propios intereses y hacia la vida privada como consecuencia de esta falta de victorias. Queda pendiente, por lo tanto, la construcción de una nueva hegemonía en términos gramscianos. La izquierda debe renunciar a ciertas señas de identidad, ahora vacías, para poder incorporar a todos estos sectores de la población víctimas de la crisis, creo que instintivamente anticapitalistas, pero que no han dado el paso para formar parte de este precipitado químico de la nueva hegemonía, que es indispensable crear si se quiere tener alguna posibilidad ante un capitalismo que se encuentra muy organizado y que es muy consciente de que se encuentra en una fase aguda de la lucha de clases. 

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