A principios del Jurásico, todos los continentes estaban unidos formando un gran y único continente llamado Pangea, el océano Atlántico y el Índico no existían. El resultado actual en la posición de los continentes es fruto de la evolución a partir de ese único Pangea. En la actualidad, el Mediterráneo se puede dividir en dos partes distintas: una parte oriental que parece pertenecer a la placa tectónica Africana y otra parte occidental que pertenecería a la Euroasiática. Sería razonable pensar que el mediterráneo sea o incluya reliquias del antiguo mar de Tethys, que existía a comienzos del Jurásico, pero no lo sugieren las observaciones geológicas. El Mediterráneo actual está compuesto por cuencas creadas recientemente, como por ejemplo la cuenca de Liguria que es joven y se formó durante el Mioceno con la rotación de Córcega y Cerdeña durante su separación de Francia. El Golfo de Valencia también se ha formado recientemente (final del Oligoceno-Mioceno) como consecuencia de la separación de las Islas Baleares de la Península Ibérica La cuenca de Argelia se ha formado también durante el Mioceno. Hoy sabemos que estas cuencas oceánicas no pertenecen al Tethys y tampoco ocupan las mismas posiciones que ocupó este al inicio del Jurásico.

En este contexto geodinámico, se crean todos los ecosistemas que nos envuelven. Nuestro Mediterráneo es joven y por lo tanto frágil, origen de desastres naturales que periódicamente nos estremecen: terremotos, volcanes, tsunamis, fenómenos meteorológicos adversos, algunos de los cuales tienen importantes consecuencias sobre los propios ecosistemas. Estudiar desde la ciencia estos fenómenos y prepararse ante estos escenarios es su mejor forma de protección.