La entrada del Gran Teatro Cervantes de Tánger hace tiempo que ya está cerrada, pero con el permiso del Consulado de España en Tánger un guardián abre sus puertas y permite visitar el interior de la sala donde se sortea, a tientas y en plena oscuridad -se decidió cortar por precaución la electricidad- la multitud de escombros envueltos en polvo.
La imagen de su interior la componen moribundos muros, paredes grisáceas por el paso del tiempo y unos palcos que aguardan la llegada de un público que hace tiempo abandonó sus noches de entretenimiento en el teatro.
Su techo descompuesto advierte del peligro que corre un edificio que se resiste a desaparecer y que, con sus columnas alicaídas y su fracturado suelo, se mantiene todavía en pie esperando el momento en el que alguien encuentre una fórmula, un proyecto, para mantenerlo a flote.
Muchas han sido las ideas barajadas a lo largo de los años y son varias las asociaciones que luchan de manera, más o menos activa, para salvar el teatro, que como ya le ocurrió durante sus años de actividad se ve sujeto a considerables problemas económicos.


"No es tanto un problema de reconstrucción, sino de cómo mantener un teatro de estas características en una ciudad donde hay tres millones de parabólicas y la gente se queda en casa viendo la televisión", comenta Cecilia Fernández, directora del Instituto Cervantes en Tánger, que acaba de presentar una exposición sobre la historia del teatro que ha permanecido unas semanas.
Fernández añade "ocurrencias mil, pero el teatro tiene los mismos problemas que tenía en la época: ubicación, financiación y mantenimiento".
"... Lo que no iría aquella noche al teatro; toda la ciudad, supongo, ingleses, franceses, españoles, italianos y judíos. Tánger en todo su esplendor, qué me vas a decir, como si yo no lo supiera (...) Si supieras lo que es del Teatro Cervantes, humo y rastrojos como en Manderley, grietas y cardos por donde creció la hierba", escribía ya entonces Ángel Vázquez en su libro "La vida perra de Juanita Narboni (1976)", cuya trama, que arranca en 1938, transcurre en Tánger.


 
HA CUMPLIDO 100 AÑOS
 
Según el historiador Bernabé López, además ya "en alguna ocasión en los documentos, el responsable de los bienes del Estado en Tánger hace notar como, muchos de los empresarios, fueron más depredadores de la cuenta y dejaron deudas".
"La cuestión (hoy en día) es que como tal, el teatro no tiene mucho futuro porque la escena en Marruecos no funciona", indica López, quien apunta que "una solución es transformarlo en otro tipo de centro multifuncional de formación, de cultura ...".
Situado en la calle Esperanza Orellana, en memoria de María de la Esperanza Orellana, sobrina de Francisco Domínguez Reina, un sevillano que llegó a Tánger en 1850, el teatro cumplió 100 años el pasado 11 de diciembre. 
Orellana heredó de su tío un terreno y, junto a su marido Manuel Peña, decidió construir el Gran Teatro Cervantes, en el que se invirtió más de medio millón de pesetas (3.000 dólares), para después ser adquirido por el gobierno de España en 1928.


El arquitecto Diego Giménez se encargó del diseño, las esculturas y bajo relieves de la fachada corrieron a cargo del artista Cándido Mata, las pinturas del techo las realizó el pintor Federico de Rivera y los decorados los hizo el italiano, Giorgio Busato.
Ricardo Calvo, Rosario Pino, Margarita Xirgu, Luis Mariano,  Juanito Valderrama, Imperio Argentina, Lola Flores, Antonio Machín o Antonio Molina desplegaron su arte en el escenario del que fue el gran teatro de Marruecos. 
Se interpretaron obras como "Saladino" de Naguib Hadded, "Otelo" de Shakespeare, representaron sus piezas grupos de teatro marroquíes, y se proyectaron películas protagonizadas por Carmen Sevilla ,hasta otras de cine hindú.
Convertido en un emblemático edificio, "el teatro fue fruto de una aventura de inmigración española", sentencia López, quien se muestra positivo respecto a la supervivencia del edificio porque "si todavía no se ha dejado que se caiga, ya no se permitirá".

*Fotografías: EFE.

 

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