La historia establece que el Mediterráneo siempre ha mostrado dos realidades: dos orillas; pero nunca ha ocultado la potencialidad de formar un circulo físico y humano; una circunferencia virtual, que tiende a no hacerse patente a causa de la tensión específica entre diversos puntos de discontinuidad.
La fundación Baile de Civilizaciones pretende asumir su propio símbolo: un signo definido por su forma circular. Éste, esquematiza y representa el deseo de hacer posible un Mediterráneo poliédrico, y además se convierte en metáfora de movimiento circular, no sólo desarrollando sus trazas sobre el plano territorial, sino definiendo una tensión ascendente y cíclica, a modo de muelle, que eleva la necesidad de conectar a todos los ciudadanos que lo habitan, haciendo común el espíritu de convivencia que los sustenta.
Cuenta la leyenda que un poder mundano intentó separar de forma definitiva dos mundos voluntariamente convergentes, a pesar de que lo convencional era considerarlos inconexos. Estos, representados en la fábula por una princesa y un plebeyo, pretendían estar unidos por encima de lo que socialmente era aceptable.
El humilde, que por otra parte es al que siempre le toca demostrar que no es lo que se supone que es, necesitó utilizar toda su inteligencia y su fuerza para resolver un acertijo supuestamente elemental: ¿Cómo transfigurar -sin tocar- una estrella de diez puntas en una de cinco? (Símbolo emblemático de Marruecos) ... y no lo pudo conseguir.
Luchó contra impedimentos físicos que le aplicaron, contra las trabas sociales que le lastraban, contra los límites que su conciencia individual establecía habitualmente; y así, no logro descifrar el enigma.
Solo encontró alivio en una opción que en ese momento interpretó como amarga, pero que se tornó en recurso definitivo: Llorar.
La solución era llorar; llorar por esa perdida; por entender irremediablemente roto el círculo; llorar porque no podrían bailar jamás.
Y el impacto de una lágrima perdida en pleno centro del corazón de la estrella, sólo una y pequeña gota salada, como todas las que dan cuerpo a nuestro mar, consiguió resolver el acertijo. Y la fuerza emanada de su condición humana fue cerrando, de una vez, los diez vértices transformándolos en cinco. Consiguió convertir una pequeña adivinanza geométrica en un axioma original y permitió que dos mundos separados por aquel poder mundano acabaran definitivamente unidos, cosiendo de forma inalterable los dos extremos más bellos.
El anhelo de la fundación "Baile de Civilizaciones" puede ser ilustrado por este cuento, y su proyecto es hilvanar con hilo común aquellas discontinuidades detectables en el simbólico círculo Mediterráneo.
Consideramos primaria la necesidad de recomponer extremos rotos o inconexos, y la actividad fundacional pretende convertirse en sustancia catalizadora para lograrlo. Uno de los instrumentos destacados es la propuesta de pequeñas intervenciones, el planteamiento de actuaciones dirigidas a la plena y armonizante convivencia; ambiciosas invitaciones al alma, al corazón y a los sentimientos de los ciudadanos, de modo que nuestra intención pueda ser extensible y compartida.
En esta ocasión nos hemos detenido en una pequeña pero imprescindible "puntada" que debe recomponer la herida patrimonial y urbana producida en el entorno del Teatro Cervantes de Tánger.
El Sol, en su devenir celeste, representa el hilo que va hilvanando uno tras otro los infinitos mundos sobre la tierra, independientemente de sus fronteras políticas. Su recorrido, culturalmente visualizado de este a oeste, es capaz de atar todos los pueblos Mediterráneos, y al tiempo detectar todas las perturbaciones que puedan producirse, poniendo en evidencia las zonas en sombra que aparezcan.
En nuestro acercamiento a la ciudad de Tánger, fuimos testigos de una de esas irregularidades, un lugar donde el sol ha dejado de incrustar la punta de su aguja luminosa, para dar paso a las sombras representantes de la miseria y la deshumanización.
En Tánger se han sucedido poderes que no han favorecido a la luz a abrirse paso de manera definitiva. Las sombras, que hoy parecen persistentes, se han hecho dueñas del entorno de un edificio singular, ejemplo del "modernismo" arquitectónico, como es el Teatro Cervantes.
Los ciudadanos de Tánger se presentan ajenos a fronteras; no hacen uso de recuerdos de dominios ni humillaciones, ni distinguen, en exceso, por causas de condición territorial o histórica. Los habitantes de Tánger son gente amable, inteligente, que busca el dialogo y que siempre está dispuesta a "bailar"... Pero no encuentran el espacio apropiado.
Despliegan su actividad por jardines, plazas y bulevares; y encuentran zocos, descubren ámbitos de convivencia, pero no disfrutan de la potencialidad que la ciudad nos ha mostrado en este viaje.
Caminando por sus calles, yendo de zoco a zoco, yendo de plaza a plaza y hablando de persona a persona, sufrimos un intenso estremecimiento al visualizar el Teatro y su entorno. La sombra histórica se había convertido en tatuaje de la tierra y se había constituido en la única realidad posible en este espacio.
Cubiertos por abrigos de ilusión, guantes de esperanza y confortados por braseros de sueños, intentamos encontrar alguna perforación en la bóveda de nuestras sociedades para que el sol volviera a iluminar a aquel lugar.
Una vez dentro del edificio advertimos exclusivamente dos fuentes de luz: una, era la apertura de, lo que sospechamos antes fue, el lucernario del decorado cascarón de la sala principal; pero más importante fue la segunda percepción, al descubrir una rendija de la que nadie se había percatado (o al menos, valorado). La rendija eran tres muchachos tangerinos, que sin esperar premio alguno, abrieron las puertas del teatro para que entráramos y las puertas de su humanidad para acompañarnos, para hablarnos, para cuidarnos en el recorrido que hicimos por su interior. Por esta apertura, la luz que entraba era también muy pura y si cabe más confortable y cálida que la propia luz del sol. Y fue esa luz la que nos permitió descubrir, al fin, que en Tánger, todos, están y estamos deseando "bailar".
Hay que dejar atrás prejuicios históricos, ideas colonizadoras o recuerdos humillantes. Debemos compartir e impulsar esta propuesta de manera que el teatro se convierta en espacio de comunicación, de representación y, en definitiva, espacio de conexión intima y personal, en el que nuestros nombres sean los de aquellos que pretenden vivir en activa armonía con todos los seres humanos.
Hagamos del Teatro Cervantes de Tánger un gran Zoco; creemos, entorno a él, un aljibe en el que todas nuestras lágrimas se recojan, para tornar al fin todas las estrellas de diez puntas en una de vértices infinitos, es decir "un Circulo"; y escribamos en su perímetro todos nuestros nombres para personalizar las intenciones más ambiciosas.
Gracias, Esperanza Orellana, gracias Nordin Fatah, gracias Mohamed, gracias Ximo (ya los iréis conociendo y disfrutando) ... con vosotros quiero bailar.