En 2008, Barcelona fue elegida oficialmente sede del secretariado de la Unión por el Mediterráneo. Para algunos, se trató de un evento de vaga referencia cultural, próximo a ser un eslogan o una marca comercial entre sus menos interesados.

La idea era bien distinta. Trataba la definición de un proyecto que defendiera y luchara por la unión de las villas mediterráneas, dieta mediterránea, modo de vida mediterráneo...  ideales encarnados en un concepto de calidad de vida entendida como bienestar social extendido de sus ciudadanos y con un compromiso de paz muy determinado.

Los agoreros subrayan a través de la Historia las fechas de los conflictos bélicos y los enfrentamientos religiosos y étnicos, todas las cuentas pendientes del expolio colonial, el papel pasado del Mediterráneo como triste escenario de muerte, de infelicidad y de miedo, origen posterior de los fascismos, de la mafia, del luto y odio entre hermanos, algo que se considera un factor cultural para los americanistas estudiosos de lo mediterráneo, haciendo entender que está integrado en nuestra herencia y en nuestra forma de entender la política, la sociedad y el mundo. 

De eslóganes parece que nos hubiéramos saturado en la vida contemporánea.  Hablamos sobre la degradación del territorio, sobre el saqueo de recursos naturales impidiendo un desarrollo sostenible de las ciudades y de nuestros entornos.  Otros, entre tanta consigna, enarbolan como estandarte para no hacer nada el conformismo, el que las cosas siguen su camino y no hay forma de cambiarlas. Así vemos el escepticismo de la Unión Europea frente a Turquía, la amenaza "islamista", las eternas rivalidades entre Palestina e Israel y los "sin papeles" que llegan a nuestras costas en pateras.

Nuestra cabeza empieza a vibrar con nuevas ideas, siempre procurando un mundo mejor que el de ayer, intentando integrar todas las sensibilidades en nombre de los derechos humanos y siempre confiando en que los sueños de paz y de entendimiento son un gran motor que hay que poner en marcha cada día y por lo que merece la pena luchar al formar parte de un todo en esta aldea global.

Creo en el Mediterráneo como un espacio de intercambio y de diálogo, de convivencia y de grandes comunicaciones. Es una realidad compleja pero más compleja y muy vacía es la lucha que nunca se da.  El Mediterráneo es la tolerancia, y la voluntad de encuentro y armonía entre sus pueblos no es un artificio; se construye desde nuestra contribución al sistema.

Este mes de febrero viene repleto de nuevos acontecimientos que impulsan la cercanía y el entendimiento. El Instituto Europeo del Mediterráneo acoge diversos ciclos de conferencias sobre Turquía, Marruecos, la Roma antigua, el mundo judío y los cátaros en el marco del programa de conferencias Altavoz Mediterráneo y dos nuevas publicaciones abordan el alcance y los retos de la política euromediterránea: "Report On The Euro-Mediterranean Partnership", de la colección DocumentsIEMed, y "Europe-Méditerranée. Enjeux, stratégies, réformes", sin olvidar la existencia de "El Anuario del Mediterráneo", que ofrece las claves políticas, económicas y sociales de la agenda mediterránea.

Como colofón, cabe incluir las palabras del diputado por Albacete Manuel Pérez Castell, a quien profeso desde niña una gran admiración y a quien llevo siguiendo muchos años pese a que ha habido gran distancia geográfica por medio.  "El Mediterráneo es el mar madre, el mar de las culturas, el mar de las ciudades. Por el Mediterráneo, la ciudadanía llegó al mundo". Gracias por tu valiosa contribución a este fuerte significado de alianza en tu proyecto "Alianza de ciudades por el Mediterráneo", donde demuestras que cuando queremos conquistar sueños entre los pueblos, hay que luchar por ello, y es que nunca habrá una última batalla ideológica que se dé mientras exista un mundo mejor por el que trabajar.