Del Blog Genial Amor - Francisco Garzón Céspedes

Cuando mi padre y mi madre llevaban casi tres décadas como pareja, las circunstancias obligaron a mi madre a residir conmigo en la capital por un período, mientras mi padre se quedaba en la provincia. Tenía yo por entonces veinticinco años, y me hallaba a la espera de un juicio civil, administrativo, relacionado con la casa donde vivía, que, mientras tanto, no debía permanecer solitaria cuando me iba al trabajo.

La situación se prolongó durante muchos meses, porque el juicio demoraba en celebrarse. Mi padre y mi madre, separados por una gran distancia, y sin verse, mientras más tiempo transcurría, más desesperados estaban.

Pasados seis meses de la partida de mi madre hacia la capital, mi padre decidió dejar por unos pocos días sus muchas responsabilidades como máximo directivo de una empresa de vinagre, y, desde la provincia, viajar, en condiciones por entonces difíciles, para ver a su pareja. Como no tenía la certeza de conseguir pasaje, ni de cuándo lo obtendría, no nos avisó. Estuvo tres días en la estación de autocares, y fue un viaje de muchas horas por carretera, uno extenso y agotador, lleno de incomodidades que se sumaron a las setenta y dos horas de tensiones para lograr el pasaje. Cuando mi padre arribó a la capital, todavía tardó otras dos horas en poder llegar hasta donde mi madre y yo.

Era de madrugada, cuando por fin mi padre, con más de cincuenta años de edad, se detuvo delante del muro que rodeaba la casa. No tocó la campana, sino que saltó el muro. Ya en el jardín, y aunque se hallaba extenuado, y sentía hambre y sed, tampoco tocó el timbre. Se sentó en un banco a aguardar frente a la puerta. Varias horas después, al amanecer, cuando mi madre abrió, lo encontró en el banco, acurrucado, porque hacía frío. Mi padre la miró y, al levantarse para abrazarla, le dijo: "No toqué a la puerta por no asustarte."

Nunca me ha extrañado que, a lo largo de la mayor parte de su vida, mi padre y mi madre hayan estado juntos y en armonía, porque ellos siempre interaccionaron entre sí, y porque cada uno de ellos siempre eligió al otro antes que a sí mismo. Y porque cada uno de ellos demostró al otro cuánto lo amaba, y sorprendió nuevamente al otro con su amor, desde el amor, desde el humor o desde la ternura, no sólo cada vez que fue necesario, sino en cuanta oportunidad tuvo de volver a fundar el mundo.