Eduardo Punset respondía en XLSemanal (22 de noviembre de 2009) a una pregunta que le hacía un lector: ¿Cuál será la próxima revolución? Afirmaba que frente a la revolución que se está produciendo en la actualidad y que consiste en la fusión de la biología y la tecnología, que avanza a pasos agigantados y que está cambiando nuestras vidas hasta límites irreconocibles, está por llegar la revolución de la educación, la revolución de los actuales sistemas educativos instalados en un contexto que no responden a la realidad de los deseos y exigencias de la sociedad que se está y estamos definiendo y construyendo entre todas y todos. La reforma de la enseñanza y de la educación debe proponerse dimensionar ciudadanos y ciudadanas en un mundo cada vez más globalizado. Los esfuerzos en materia educativa han de apuntar a reformar los corazones de la infancia y la juventud. Eduardo Punset propone dos líneas de actuación: aprender a gestionar la diversidad de las aulas y fomentar la inteligencia social y emocional. Concluye que la profesión de maestro o maestra es ya, sin lugar a dudas, una de las profesiones más complejas y sofisticadas en la actualidad y a la que han de acceder las personas mejor cualificadas y con un elevado grado de vocación.

En esta vida todo se aprende, e incluso, la aceptación y la creencia de la existencia de un Ser Trascendente al que le atribuimos el máximo de las capacidades del propio ser humano; lo convertimos en un Ser Superior. El resultado es la existencia de mentalidades y religiones diferentes, creencias y opciones de vida diversas. En todas ellas, con el paso de la historia, se han diversificado en otras visiones o maneras de entenderlas; en el caso del Cristianismo la existencia de católicos, ortodoxos, protestantes, anglicanos... Teología oficial, Teología de la Liberación, Teología del Mundo, Teología Feministas, comunidades parroquiales, comunidades cristianas populares, movimientos eclesiales, congregaciones religiosas... El hecho religioso es una realidad en la historia de la Humanidad; ha estado y estará siempre presente. Es una de nuestras riquezas como seres humanos.

Me preocupa cada vez más la presencia, en la sociedad española, de una tendencia o corriente de pensamiento religioso que no acepta la diversidad y el pluralismo de la ciudadanía, de la ética civil o moral cívica democrática, y que busca con insistencia su autoafirmación y la definición pública de sus creencias y moralidad, al tener la percepción (analizo que fabricada) de ser y sentirse víctima de una "conspiración laicista". La realidad cotidiana, del día a día y de las personas que la protagonizan, los ciudadanos y ciudadanas de a pié, es diferente. Se utilizan "cuestiones" donde tener espacios de debate y de confrontación con "los otros", de movilización y presencia (siempre han estado con y entre nosotros/as, en todos los ámbitos de la vida cotidiana, marcando los ritmos de vida y de trabajo, "menospreciando el palio" en algunos momentos de la historia de este país). La presencia del hecho religioso en nuestra sociedad está muy arraigada y apoya por las propias instituciones públicas, a pesar de los enormes ataques "con connotaciones partidistas" que les realizan. ¿Hasta cuándo dejaran de morder la mano que los alimenta?

Nuestra sociedad actual es cada vez más compleja y más diversa: "todas y todos somos diferentes". Hemos de desterrar de nuestro pensamiento palabras e imágenes erróneas que definen nuestra identidad frente a la de los demás y que valoran al otro/a como alguien que necesita ayuda para alcanzar su autonomía, su madurez y desarrollo personal, que está viviendo "en el error" existencial.

Frente a la diversidad de creencias, formas de ver el mundo, de estilos de vida, de formas de pensar y actuar, de lo bueno y lo malo... existen dos actitudes: aceptar y respetar la diferencia o negarla y rechazarla, catalogándola como amoral, combativa contra mi identidad y que lleva al "infierno más profundo". Todos los seres humanos tenemos una identidad compleja, y cada día será más compleja. Me atrevo a recomendar la lectura de un libro pequeño en tamaño pero grande en sabiduría y realidad: "Identidades asesinas" (MAALOUF, Amin - Alianza Editorial, 2004)

La historia de las religiones nos demuestra que hay un doble sentimiento, sin excepción, en todas ellas: el sentimiento del amor y de respeto. Es la esencia misma del sentido religioso, a pesar del lastre humano que, inevitablemente, se le aporta con la vivencia personal y colectiva en cada contexto y momento histórico. Así lo entendemos la mayoría de la población. El reflejo de la divinidad en la conciencia de cada creyente es diverso y con un grado de mayor o menor profundidad. Así, para el ser humano primitivo, el ser Trascendente en un Ser lejano y misterioso; para el musulmán, es Alá, el Grande, el Único; para el Cristianismo, Nuestro Padre; para el Hinduismo, el Brahman, es el Ser Absoluto, divino, la esencia del universo, la energía cósmica...

En una publicación religiosa leía: "el incrédulo se ha condenado a no comprender la religión, por haber negado -a priori- la posibilidad de un Ser Trascendente". Nos olvidamos, con mucha frecuencia, de la singularidad de cada uno de los seres humanos, de la enorme aportación que realiza con su existencia al mundo que le rodea, de los derechos humanos que conlleva por el hecho de su existencia y con tanta frecuencia son violados.

Amin Maalouf escribe: "Mi vida de escritor me ha enseñado a desconfiar de las palabras. Las que parecen más claras suelen ser las más traicioneras. Uno de esos falsos amigos es precisamente identidad". Yo, como Amin, y dentro de mi modestia al compararme con él, la tarea que me he impuesto es tratar de comprender por qué determinada corriente de pensamiento no desea aceptar ni respetar la diversidad y el pluralismo democrático y comete hoy "pecados" en nombre de su identidad religiosa con tintes sectarios y fundamentalistas.

La moral cívica democrática, aunque la quieran negar, es "un conjunto de actitudes, valores y normas que emanan de un proyecto de vida en común y en democracia, que muchos decimos querer para nuestra sociedad y convivencia planetaria. El pluralismo moral es la convivencia de distintas concepciones acerca de lo que hace felices a los hombres y mujeres o acerca de lo que deben hacer; acerca de lo bueno y las normas correctas. El consenso o pacto de mínimos que constituye la moral cívica democrática no debe ser confundido ni entendido con el mero equilibrio de intereses que viene forzado por una correlación de fuerzas o con una moral sociológica, del momento y acrítica. Los derechos de unos terminan justamente allí donde empiezan los derechos de los otros" (afirma Adela Cortina).

No nos dejemos atrapar por la imagen de "vacío moral" que sectores interesados intentan trasladar a la sociedad cuando hablan, despectivamente, del pluralismo democrático y ético. Los valores morales no son un asunto de creencias o de fe (como monopolio de alguien) y que pertenecen al ámbito de lo privado; la moral cívica democrática pertenece al ámbito de lo público y se pone en juego en los "espacios o lugares públicos". Éste término, según Karem O'shea (2003), intenta dar vida a los principios de ciudadanía democrática. En tales lugares se exploran formas de participación, compromiso y responsabilidad ciudadana, se lucha contra la exclusión social y se establece como objetivo prioritario la transformación de la realidad social, en beneficio de todos y todas y, en particular, de la población más desfavorecida y más empobrecida. Estos "lugares públicos" tienen su base en valores y principios democráticos que todos/as compartimos: respeto, diálogo, responsabilidad, tolerancia, no discriminación, aprender a no ser indiferentes, solidaridad o "la ternura de los pueblos" según Ernesto Cardenal, paz, igualdad, libertad, civismo, esfuerzo... justicia o Cultura de Paz, en definitiva. Frente a la diversidad de ideas, creencias, modos y estilos de vida... nuestra respuesta debería estar orientada desde el amor y el respeto.