Bella e impasible, altiva e inmarcesible, sensitiva y expresiva es la Estatua de Afrodita situada en una de las calles más céntricas de la ciudad de Atenas, símbolo indecible de los anhelos más cálidos y tiernos. Cuando mis manos acarician a aquella estatua de mármol, fría y tibia al mismo tiempo, recorro por los siglos sumergidos en sus pechos como en las expresiones ardientes de civilizaciones antiguas y perdidas. Es Afrodita una estatua de frío mármol en cuya frente inalterable, y en cuyos ojos fijos y plateados recorro con mis manos las filosofías antiguas de musas, diosas y ninfas refrescantes, como en un homenaje a antiguos cultos divinos de amor y de deseo.

Aquella estatua a permanecido fiel por siglos, a las miradas exploradoras que como la mía, buscan en ella la precisa anatomía, la más exacta sonrisa que trasluzca la pureza de la Mujer-Diosa; de los labios que en onírica armonía son descorridos por mis dedos, en busca de inspiración grecolatina, que en forma de una fémina de mármol es como se complacen mis más profundos deseos viriles, mis ansiedades encadenadas a su cuello, desde tiempos inmemoriales pre-socráticos, cuando el oro no corrompía nuestras pláticas. ¡Estatua de Mármol!, ¡Afrodita!, altiva especie de una civilización incandescente, Mujer-Poema, símbolo irresuelto de todas mis búsquedas terrenales e infinitas.

Subyaces a la orilla de una calle, de un Bulevar abierto, de una ciudad cualquiera, de la espléndida ciudad de Atenas, de la Atenas conglomerada del siglo 21. Estas Afrodita eternizada por mis ojos, vives inmortalizada por mis dedos, que te queman las mejillas frías de un mármol trascendente. Tú eres un símbolo de una época pre-humana, eres el mito transformado en mujer de mis desvelos, pues desde tus pechos enraizados en mi memoria, te estas transformando en parte misma de mis pupilas; nos comunicamos con palabras y signos, construimos un puente indestructible que nos une a través de estas palabras. Mi Afrodita es la Estatua de un mármol permanente, cuyas curvas perfectas son simbologías de deseos, de altos pensamientos que elevas desde lo interno de tus ojos adorados, recónditas preguntas que me resuelven tu mirada inexorable, tu rostro apasionante; tu cuerpo es desafío a los hombres de este tiempo y de los tiempos venideros, desde los tiempos antiguos, perdidos y lejanos, en que extraños cultos y oráculos divinos enaltecían el amor que representas.

La Estatua de una Diosa de Amor, ¡Afrodita!, el eterno misterio de los hombres, un tabú permanente sumergido en mi inconsciente, un tabú que ha sido transformado en tótem por devotos anhelos inconclusos. Veo tus caderas, tus cinturas, tus pechos desbordantes; recorro tus caminos, tus señales, que a través de tus cabellos fríos me deslizan por tu cuello de mármol irreverente. Eres Afrodita, el símbolo de un tiempo antes de Cristo, antes de San Agustín, de Goethe, de Marx, de Sartre, del Surrealismo, del Neoliberalismo, Diosa en la que observo tu enorme altivez, ante mi pequeña humanidad de hombre enamorado; nosotros nos desbordamos en silencio, tú en tus ojos que miran horizontes ya lejanos, yo en un gemido que se transforma en un bramar salvaje, indómito, invencible; luego, el reposo de mis manos y mis brazos alrededor de tus pechos, de tu espalda, y un silencio que se hace paz eterna, paz divina.

Adorada Diosa del Amor, ¡mis bellas Afroditas!; de pasionarias fachadas, por donde tu rostro altivo y agradable, me llama y me sonríe, desde lejos, desde adentro, como buscando la forma de responderme antiguas incógnitas inconclusas que se debaten en mi mente; eres bella y elegante, Estatua de Afrodita, el personaje más brillante de mis ansias transformadas en palabras; eres tú mi hermosa Estatua de Afrodita, por fin mía, inexpropiable, encontrada desde mis ojos y mi alma, en la ciudad de Atenas, en donde tú y yo nos hicimos uno solo, con los siglos humanos e inmemoriales del tiempo y el deseo.